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Viernes, 28 de Abril de 2017

Una familia desintegrada por la migración: la historia de Mía

Apenas dejó de ser una niña viajó desde Huauchinango hasta los Estados Unidos, pero fue deportada durante un paseo nocturno.
Jueves, 5 de Enero de 2017 17:39
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Leticia Ánimas Vargas
Huauchinango, Pue.- El deseo de reencontrarse con su padre y con su hermano que viven en Phoenix, Arizona, fue más grande que el de seguir estudiando, por eso Mía, apenas estaba dejando de ser una niña cuando se fue de Huauchinango a Estados Unidos. El viaje, lo hizo sola como sucede cada vez con mayor frecuencia entre los menores de edad que emigran.
 

El de Mía es un drama de todos los días: padres que se van “pal norte”, hijos e hijas que se quedan. La migración ha causado que varias generaciones de niños y niñas hayan crecido con sus abuelos y abuelas, o algún otro pariente. El teléfono, y con suerte la Internet, son los únicos medios que mantienen los vínculos, hasta que se deciden a viajar.

La necesidad de recuperar ese lazo temporalmente perdido entre padres, hijos e hijas es tan grande, que muchas veces los tutores exponen a sus hijos e hijas a viajar ilegalmente hacia el país donde residen, poniéndolos en riesgo de abusos e incluso de la muerte, dicen defensores de derechos humanos como Francisco Garrido.

Él propone como salida para romper esa separación motivada por la migración, promover la reunificación familiar, a través del respeto a la Convención sobre los Derechos del Niño de 1989, que establece que los Estados deben de procurar convenios para favorecer a los trabajadores migrantes que quieran reunirse con sus familias.

Aunque se carece de datos oficiales sobre el número de menores que emigran de nuestro país de manera ilegal a los Estados Unidos, debido a que se les registra hasta que son deportados y atendidos por el Instituto Nacional de Migración (INM), se sabe que el fenómeno ha ido en aumento y han mejorado las maneras de burlar a la “migra gringa”.

Por ejemplo, entre enero y noviembre de 2011 el INM atendió a 10 mil 783 niños, niñas y adolescentes migrantes mexicanos no acompañados, que fueron devueltos por autoridades estadunidenses, un 20 por ciento menos que en el mismo periodo de 2010, en que 12 mil 919 niños, niñas y adolescentes fueron recibidos por las autoridades de nuestro país.

Por ello, a partir de 2007, el INM instrumentó un Modelo de Protección a Niños, Niñas y Adolescentes Migrantes no Acompañados, en el que participan el Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia, la Secretaría de Relaciones Exteriores, la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados y la Organización Internacional para las Migraciones.

Arriesgándolo todo

En su recorrido, los niños se enfrentan a una realidad demasiado cruda para su edad, pero los empuja la esperanza de una vida mejor y la reunión con sus familiares.

“Mi papá y mi hermano -dice Mía- me contaban cómo era la vida allá, así que salí de la Secundaria y ya no quise estudiar, me propusieron que me fuera para Phoenix. Ellos me mandarían dinero para mis gastos de aquí a la frontera y me iban a pagar al “famoso coyote.

Así que un 2 de diciembre, cargando una mochila con una muda de ropa negra y la que llevaba puesta, llegó por ella un señor que la llevaría hasta Tulancingo a entregarla con otro de sus contactos que la llevaría a la frontera, para cruzar por el desierto de Altar en Sonora que alcanza temperaturas de hasta 47 grados centígrados.

“Para cruzar éramos como 30, todos desconocidos, pero el camino nos obligó a irnos comprendiendo. Salimos al día siguiente. Había cinco guías y cada uno se iba a llevar a alrededor de 15 ó 17 personas. Nos advirtieron que el camino sería largo y que necesitaríamos guantes, una chamarra, pasamontañas, y unos buenos tenis, que compráramos comida atún, tortillas de harina, galletas, jugo, redbull, y suficiente agua; chocolates y dulces”, continúa.

Cuenta que salieron a la medianoche, que le daba miedo, que antes les advirtieron que tenían que correr por si veían a la "migra" y también que había muchos animales: víboras de cascabel, lobos. Pero ni cómo arrepentirse. Hubo que cruzar alambres electrificados, subir bordos, hundirse en la arena del inhóspito Altar, dormir unos minutos y cuidar a los demás.

Pese a ser una de las zonas más inexploradas y calientes del planeta, cada noche el desierto de Sonora se llena de caminantes que, recuerda Mía,  en medio de las tribulaciones y los riesgos, buscan el mejor lugar para comer, “así como en un día de campo” y seguir por diferentes rumbos, porque los grupos de más de 20 personas son más fáciles de detectar.

A Mía y su grupo les pasó de todo: se les acabó el agua, la comida, casi los atrapa la migra que los vigilaba desde una avioneta. “Sentí que me moría. Seguíamos caminando y caminando y el guía nada más nos decía: ya casi llegamos”. Así hasta entrar a Tucson tuvieron que esconderse y viajar acostados y tapados con una cobija para llegar a una casa donde pudo comunicarse con sus familiares.

“Al otro día nos llevaron de cinco en cinco en diferentes coches hacia Phoenix donde nos iban a entregar, llegamos a otra casa de seguridad y por fin se pusieron de acuerdo con mi hermano y mi papá que le pagaron mil dólares al coyote", refiere.

Mía, finalmente se incorporó a la fuerza de trabajo ilegal. Fue empleada en varios restaurantes de comida rápida, y en una compañía para la limpieza de oficinas. “Fue el trabajo que más me gustó porque el manager era mexicano y nos apoyaba en todo. Nos defendía pues no faltaba el gringo que nos quería humillar”.

Hasta que en un paseo nocturno con sus amigas, el chofer se pasó un alto y llegó la policía. “Nos arrestaron, nos llevaron con inmigración y nos hicieron miles de preguntas, nos tomaron fotos y huellas… nos hicieron firmar unos papeles para deportarnos a México y, lo más curioso es que los oficiales tenían apellidos mexicanos”.

Así que a pesar de todo, Mía tuvo que regresar y continúa separada de su padre y de su hermano, quienes siguen en Arizona pues la remesas que envían son las que le permiten sobrevivir a su familia ante la falta de empleo en la sierra norte.

Impactos emocionales

El resquebrajamiento familiar producto del fenómeno migratorio no es exclusivo de México, y más bien es una constante en aquellas naciones donde la migración juega un papel preponderante en la vida social, cultural y económica.

De acuerdo con el Informe sobre el Desarrollo Humano 2009, elaborado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) –dedicado a la migración— a pesar de las retribuciones económicas que ofrece la migración, “la separación por lo general es una decisión penosa que entraña grandes costos emocionales tanto para quien se va como para quienes se quedan”.

Como contrapeso de los posibles beneficios en el consumo, la escolaridad y la salud, los niños en el lugar de origen pueden resultar afectados emocionalmente por el proceso de migración.

El informe añade que los efectos en las y los infantes dependen de factores como la edad del hijo o hija al ocurrir la separación, y recalca que el impacto es mayor en los primeros años de vida. También tiene que ver con la familiaridad y actitud del adulto a cuyo cargo queda el menor y si la separación es permanente o temporal.

Uno de cada cinco migrantes es niño o adolescente

En América Latina unas 25 millones de personas emigraron a Estados Unidos o Europa, y otros seis millones migraron  dentro de la propia región, según afirma la última edición de Desafíos,  una publicación (en inglés) de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) de la ONU y la UNICEF.

De acuerdo a estas cifras, hay cinco millones de niños latinoamericanos que solos o con sus padres viven como inmigrantes en situaciones terriblemente complejas para su edad.

También agrega que debido a la crisis económica, hay más probabilidades de que los niños migrantes enfrenten retos económicos y emocionales únicos para las personas en sus circunstancias, y sean vulnerables a la explotación laboral el tráfico humano y otros tipos de violencia social.

En un informe sobre el  impacto de la crisis económica en la migración infantil, el Grupo Mundial sobre Migración de la UNICEF explica que, debido a la crisis, los millones de migrantes menores de edad que sufren severas restricciones de sus derechos humanos siguen aumentando.

Entre los problemas que afectan sus derechos están: el desempleo, las políticas de control de inmigración, la xenofobia, la explotación laboral infantil, el tráfico de personas y en unos cuantos días la incertidumbre que causará el arribo de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos y la posibilidad de que cumpla su promesa de hacer una deportación masiva.

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