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Viernes, 20 de Abril de 2018

Crónica: Entre la niebla, Cuaxicala lleva ofrendas a Yelotépetl

Habitantes de esa comunidad de Huauchinango suben a la cima del cerro para pedirle que derrame su vida sobre la población, como lo ha hecho desde tiempos ancestrales.
Jueves, 4 de Enero de 2018 15:58
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Leticia Ánimas Vargas

Huauchinango Pue.- Aunque el sacerdote Ernesto se los prohibió porque según él “es malo”, habitantes de Cuaxicala, en Huauchinango, caminaron entre la niebla a la cima del Yelotépetl donde habitan los Señores Floridos para pedirles que sigan derramando vida sobre la comunidad, como lo han hecho desde tiempos ancestrales.

El cura, dijeron, parece que ignora, que no comprende, que desde las montañas sagradas llegan el viento y el agua para alimentar a la tierra para que luego dé los frutos que nos alimentan.

Desde hace años, cuando con la construcción de la autopista México-Tuxpan cimbraron los pies del cerro y luego le “cortaron la garganta” con la instalación del gasoducto Tuxpan-Atotonilco -que dicen es de la familia de Enrique Peña Nieto- además de sus bendiciones, se pide al Yelotépetl que ya no se siga derrumbando y se contente, que no siga “amuinado” por todo lo que le han hecho.

Así que a pesar del dicho de don Ernesto, los preparativos para la antigua celebración empezaron desde el 31 de diciembre: las autoridades, el fiscal, los mayordomos de la comunidad y sus familias batieron la masa para hacer los tamales de molito rojo, el xocoatoli y prepararon los senpantli –los envoltorios que contienen 12 atados de pequeños trozos de ocote, anudados con jonote de moral, a los que se agregan huevos o pollitos, un pedazo de copal, y cubren con hojas de acalama, que se ofrendarán a la tierra, y que según el historiador Guillermo Garrido Cruz, tienen analogía con el atado de años que se hacía en la época prehispánica.

La mañana era diáfana. Desde el sencillo santuario dedicado a Santa Mónica y San Antonio, situado en la parte baja, a un costado del panteón y del manantial Apipilhuasco, podían verse las montañas y los pueblos cercanos, como Alseseca, desde donde llegó el tlamatqui, don Epifanio, para realizar la consagración.

Poco a poco las nubes fueron cubriendo el cielo y empezaron a bajar en forma de chipi-chipi y niebla. Lo cubrieron todo.

En la entrada del templo empezó el ritual, que este año no tuvo flores ni arcos de sotol como en ocasiones anteriores, sólo hubo cohetes y la música que salió del violín de don Juan Cruz, que se sabe todos los Sones de las Flores, pero este año llegó tarde y bien porraceado. Dijo que recibió un castigo, pero no de la divinidad, porque no quería venir a la ceremonia.

Mientras persignaba todo, más invocando a los puntos cardinales y a las cuatro fuerzas de la vida: aire, agua, tierra y fuego, que al madero donde crucificaron a Jesús, don Epifanio que es el mediador entre los feligreses y las fuerzas supremas, pidió en náhuatl por el pueblo, porque haya salud y abundancia.

Ahí se enterraron los senpantlis y dos pollitos vivos, se dieron a la tierra ceras y refino. También se danzó y después de ofrecerlos a Santa Mónica y San Antonio se comieron los tamalitos, el pan y el atole de chocolate.

La ofrenda continuó en el lugar sagrado, el Teocali, donde está el único de los tres huehuetl que había en el pueblo -“porque alguno de los presidentes auxiliares anteriores dijo que los regaló”- y los teponaxcles, que fueron tocados por don Pedro. En este sitio también se enterraron los atados y se dio de beber refino y de comer a los instrumentos prehispánicos. Al final los enfloraron con cempasúchil.

Casi al medio día los lugareños y sus visitantes iniciaron la caminata cuesta arriba, a la cima del Yelotépetl, ubicada a unos 2 mil 500 metros sobre el nivel del mar, hasta el lugar donde hay tres cruces de distintos tamaños. Ahí se dio a la montaña mole, xocoatolli y tamales. Se colocaron otros cuatro senpantlis que se dejaron a la intemperie, cada uno con su huevo, sólo el del fiscal, llevaba dos.

Cerraron la ofrenda y la purificación con un baile de sones tradicionales y compartiendo entre iguales, los alimentos que ya habían sido ofrendados a las fuerzas y objetos venerados.

Siguió la comida. En la casa del presidente auxiliar Gustavo Hernández hubo un rico y abundante mole con pollo y sabrosas tortillas echadas en el comal de barro por las mujeres de la comunidad y doña Antonia, la esposa de la autoridad.

Esto “no es brujería. El cerro es nuestra fuerza, nos da vida, sol, agua y hay que respetarlo”. El teponaxtle, el huehuetl, el Teocali, el Códice y el Yelotépetl, son símbolos que además de darles identidad, acumulan información y la verdad del pueblo de Cuaxicala, afirmó el coreógrafo Osvaldo Cortés Ojeda.

 

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