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Martes, 24 de Enero de 2017

No siempre hay que ver para creer

5 Agosto, 2016
Tinta Verde

Tinta Verde

Jessica Abraham

Bienvenidos a La Casa de los Deseos. Un lugar en el que ver, es irrelevante.

La imaginación nos abre las puertas e invita a conocer un mundo que va más allá de abrir los ojos.

El sábado  a las 7:30 horas llegué al centro de Puebla. Me estacioné un par de cuadras atrás y busqué la calle 7 Oriente, número 9.

Me esperaba un teatro, pero en cambio me encontré con una casa, de esas típicas del centro. Entré al portón y me acerqué a preguntar si estaba en el lugar correcto.

- Sí señorita, la función es aquí y comienza a las ocho de la noche.

La taquilla estaba montada junto a las escaleras grandes. Había un patio y de lo poco que se veía, arriba había muchos cuartos.

Compré mi boleto y me fui a dar la vuelta, tenía media hora que matar. De pronto comencé a escuchar música que salía de la ventana de una casa, la misma casa a la que yo me había acercado. Música como de circo. Así que caminé de regreso.

Puntual a las ocho ya estaba formada y la música seguía sonando. La misma señorita que vendía los boletos ahora nos pedía que hiciéramos dos filas.

Me formé atrás de un joven muy alto. Y ya que estábamos formados y con el celular apagado, llegó Rosy.

Rosy se presentó, nos enseñó un letrero en braille y nos dio la bienvenida a La Casa de los Deseos, un teatro para ciegos. Rosy caminaba entre nosotros con ayuda de su bastón, nos fue dando indicaciones, mientras que la señorita de la taquilla repartía antifaces a cada uno de los que estábamos formados.

“Lo más importante aquí son ustedes, y van a necesitar tener confianza para que puedan disfrutar de esta función”, agregó Rosy.

Nos pidieron que tomáramos de los hombros a nuestro compañero de enfrente.

Recalco que era alto, pues yo mido 1.58 y me costaba mucho trabajo lograr esta (tan difícil) tarea. Así que entre caminar de puntitas y jalarle la playera, comencé a subir las escaleras. Con el antifaz puesto y con el corazón latiendo, había comenzado el viaje y yo no sabía si lo iba a aguantar.

Logré relajarme un poco cuando una persona del staff me dice, “tranquila amiga que me lo vas a encuerar”. Me río, y continúo la marcha, víctima de que mi compañera de atrás  me estaba pagando con la misma moneda que yo al joven alto.

“Sigan marchando, marchando, uno, dos, uno, dos”. El olor a palomitas se intensifica. Huele a mantequilla derretida “palomitaaaaas, chuuuuurooooooos, refreeeescooooos”. Las voces de los vendedores se entrelazan. “Por aquí está su asiento, aquí, aquí, palomiiiiitaaaaaaas”.

Por fin me siento. Con tanto olor ahora solo quiero comer de esas palomitas que los vendedores están pasando cerca de mí. “Campanita apúrate hay que limpiar”, grita una voz masculina y grave, “ya va comenzar la función”. Entre el sonido de unas campanillas  “ya le puse cascabeles a mi vestido”, contesta campanita. Después llega una voz de payaso, borracho y chistoso, “carcajadas” y el trapecista Edipo, con una voz de niño juguetón. La introducción de nuestros actores nos permite darles forma, cuerpo, identidad y emoción, cada quien imaginándolos a su gusto, cada uno con un sonido distinto que hacen que nosotros sepamos quién está presente.

“A jalar la cuerda. Ténsala, no la jalen tanto, tenemos que levantar esa carpa” yo desde mi lugar tengo la cuerda en mis manos, que se mueve con fuerza hacia el lado derecho y después hacia el izquierdo.  Por fin la carpa está puesta, y ahora si la función debe comenzar.

La Casa de los Deseos, cuenta la historia de cuatro personajes: El Supermacho, Campanita, Carcajadas y Edipo, los cirqueros que viajan de pueblo en pueblo para dar función.

Mientras las historias se desarrollan, vivimos lo mismo que ellos. Un olor a chalupas con chorizo envuelve el lugar, el payaso Carcajadas con olor a cerveza podrida, se acerca a nosotros, presumiendo sus antojitos mexicanos:

-Carcajadas, ya llegó borracho otra vez, ¿qué vamos a hacer con usted?

-Ay, Campanita, creo que voy a vomitar…

El sonido del payaso gordinflón (como yo lo imaginé) arcándose para vomitar, estaba detrás de mí. Y de pronto un olor le acompaña el arqueo y comienza a… apestar, pues no hay mejor forma de decirlo, a vómito y chalupa de chorizo.

Nos salpican la cara y se intensifica el olor.

- Otra vez este payaso vomitó mi circo, ahora sí va a ver. Y tú Edipo, bájate de ahí que te vas a caer, no puedes hacer trapecio con los ojos cerrados. Grita el Supermacho. 

-Déjame, si yo quiero volar, volar con los ojos cerrados, grita Edipo desde las alturas de su trapecio.

Un fuerte sonido de caída se escucha.

-¿Edipo, qué pasó, estás bien?

-Si, a mí no me pasó nada.

Campanita suspirando por atrás de mí, aparentemente le gusta el Macho.

-¿Qué pasó mi campanita? Si tanto te gusta deberías hacerle una limpia, dice el payaso panzón.

-Nunca se interesaría en mí, soy una enana.

Juro que ya lo veía venir. Su voz siempre la escuché desde abajo.

Total, campanita decide hacerle la limpia, un poco de hierbas mojadas nos tocan los brazos, el olor a romero llena el espacio. Después, Campanita prende unas velas, y huele a cerillo, por último, el agua se escucha caer como si fuera una cascada. La limpia estaba hecha.

La música siempre constante durante la limpia toca “Amor eterno”. Justo en la estrofa de “que tus ojitos jamás se hubieran cerrado nunca”, canta una voz que va cruzando el salón.

Las velas permanecen encendidas. De pronto hay humo, siento mucho calor junto a mis piernas y lo que se logra escapar a través de mi antifaz refleja luz de velas.

¡Nos estamos incendiando!”, gritan todos. “¡El circo se está quemando!”. Cada vez más intenso el humo y el calor.

-Edipo, ¿dónde estás?

-Lo encontré, tiene quemaduras- grita campanita.

-Háblale a la ambulancia- dice Supermacho - Edipo voy a quitarte la cera.

Se escucha como se va levantando la cera de la piel de Edipo, me duele escuchar cómo está sintiendo ese ardor.

La sirena de la ambulancia llega, y suben a Edipo a la camilla que pasa junto a mí. Se aleja el sonido del metal de la camilla y de las rueditas, pero la función debe continuar.

“Bienvenidos al circo de La Casa de los Deseos”, cada uno de los personajes de la historia nos dan la bienvenida. Esto es tercera llamada. “O sole mío” suena en las bocinas del circo, un aplauso grande llena el espacio, y nos piden que nos quitemos los antifaces, la función ha terminado.

La luz está apagada, así que no logro ver nada. De pronto se abre una puerta. Cuatro cuerpos figuran en la poca luz que se filtra. Campanita, el Supermacho, el Payaso Carcajadas y Edipo. No se ve más que eso. Pero mis ganas de ver más aumentan desproporcionadamente. En este momento quiero ver, como nunca antes he querido hacerlo.

- ¿Están listos para la luz?, nos pregunta carcajadas.

- Sí. Todos contestamos ansiosos de ver la carpa del circo. Mi corazón late fuerte. El vacío que crea la oscuridad por fin va a desvanecerse. Por fin voy a poder ver quién está detrás de las voces.

Prenden la luz, mis ojos tratan de ajustarse, al principio me cuesta trabajo ver. Como cuando apretamos fuertemente los ojos y después los abrimos. Eso siento, veo borroso, pero a los pocos segundos veo bien. Como si estuviera viendo por primera vez.

Somos aproximadamente veinte personas. Todos viéndonos unos a otros, muy sorprendidos. Estamos sentados en un medio círculo, en silencio. Al prender la luz nos damos cuenta de que estamos sentados en un espacio vacío que mide 4 por 4. El cuarto es como si fuera un salón de clases, tiene ventanas en la parte de atrás, un cuartito del lado derecho, en el que puedo ver a una niña sentada esperando a que acabe la función, y se ven ramas, cubetas, supongo que es el cuarto en donde guardan la escenografía.  Las paredes son oscuras y el suelo es de ese mosaico vejo que tienen las casas del centro de puebla. La puerta que deja ver a los personajes está en frente de mí. Me sorprende ver que no hay ni siquiera doble altura, pues yo siempre escuché a Edipo volando. Así, sencillo, de altura normal y de 4 por 4 es el cuarto en el que estamos, la locación del circo.

Los personajes me sorprenden también. Mi payaso panzón, no era panzón. Un hombre de estatura mediana, cabello largo, y complexión media, de unos 40 años. Vestía un traje de arlequín en color plateado, zapatos de esos grandotes típicos de payaso.  Campanita no era más enana que yo, morena, está peinada de chongo alto. Lleva un unitardo con falda plateada, que tiene unos cascabeles en la parte de abajo. Una medias plateadas también y unos zapatos de ballet. Es delgadita, se ve de unos 18 años. Edipo no parecía niño, se veía como un joven de 20 y tantos años, delgado, también de tez morena. Un traje de cuerpo completo plateado y con los pelos de punta. Alto, probablemente medía 1.80. Y mi hombre fuerte Supermacho, no estaba ni tan fuerte, ni tan macho. Muy delgado, también en sus 20. Llevaba medias, y por encima de ellas una especie de traje de baño completo (como el de las luchas libres) también en plateado. Muy bien peinado, hacia un lado. No muy alto. Apiñonado y muy sonriente.

Carcajadas nos pregunta si los habíamos imaginado así. Todos respondemos que no. Los cuatro personajes intercambian miradas, y se ríen un poco. Campanita comienza a hablar, no sé bien de qué pues sigo examinando el espacio. No puedo creer que ahí fue todo. No puedo creer tampoco a los personajes y como no se parecen a lo que yo tenía en mi mente. Se abre una ronda de preguntas y la gente poco a poco va animándose a hablar.

Me descongelo mentalmente, ya me paso el shock pero en este punto estoy emocionadísima. Cómo pude imaginar tanto, cómo pudo mi imaginación volar al grado de sentir que estaba en un espacio de mínimo 30 por 30 cuando en realidad apenas y cabíamos los 20 espectadores que estábamos anonadados por tan buena función.

A los pocos minutos, Rosy apareció para preguntas y respuestas. Rosy es una mujer de estatura baja, vestía una blusa floreada en clores carne y café con una falda negra. Traía el cabello recogido en una trenza y entró al salón con ayuda de su bastón. Se paró junto a carcajadas quien en este momento, dirige toda la dinámica. Me da la impresión de que él es fundador por como habla del proyecto, que empezó hace ya más de 10 años. Todos tuvieron lugar a preguntar y comentar lo que habían sentido.

Rosy nos platicó como nació ciega y que así ha aprendido a vivir, es feliz y gracias a sus compañeros logra imaginar paisajes que probablemente son mejores en su cabeza.

No ver es algo que no podría tolerar, vivir noventa minutos en los zapatos de Rosy me hizo sentir emociones a las que no estoy acostumbrada. Me dio miedo, me dio risa, me dio mucha emoción, me sentí vulnerable. Es verdad que la ceguera es un reto a la confianza. Es extenderle la mano a lo desconocido y confiar en que vas a estar bien. Es como estar en una caída libre sin saber a dónde vas a aterrizar, pero al final llegar, y llegas bien.  El teatro para ciegos es una experiencia muy completa que juega con nuestros sentidos.

Una señora del público comentó que por su casa siempre pasa un señor que es ciego y que ella reza. Que pide porque cruce la calle con bien. Ella dijo que “se lo encomienda a Dios”. Carcajadas le contestó algo con lo que me quede pensando mucho tiempo. “Señora, usted ve a ese señor ciego todos los días, y se lo encomienda a Dios cuando ve que va a cruzar la calle, ¿por qué no entonces lo ayuda? ¿Por qué no se toma dos minutos de su tiempo en ayudar a ese señor ciego a cruzar la calle por la que pasa en frente de su casa? “.

La señora se quedó callada, al igual que el resto de nosotros. Yo me quedé pensando, en una vez en la que vi a mi papá cuando yo era chica, frenar el coche. Dejarlo estacionado mientras todos pitaban atrás de nosotros y ayudar a cruzar la calle a un señor que parecía ciego. No sé si alguna vez lo comenté con él, pues no había pensado en eso en mucho tiempo. Me dieron muchas ganas de llorar y agradecerle ese gesto. También me dio coraje acordarme de la intolerancia de los que estaban atrás de nosotros ese día en el tráfico de la ciudad. Todos tenemos dos minutos que regalar. Creo que este tipo de reflexiones viene con el sentimiento que las acompaña. En este mundo tenemos que ayudarnos unos a otros porque nunca sabemos que puede pasar.

Salí de la función muy conmovida, pero sobre todo dando gracias a que hoy pude sentir, vivir sin tener que ver por ese tiempo. Pero que tras esa función puedo quitarme el antifaz y empezar a observar, no solo mirar, lo que tengo en frente y agradecer este tipo de proyectos que nos hacen conscientes de lo afortunados que somos.

De acuerdo con datos del INEGI del 2010, en México aproximadamente el 43 por ciento de la población sufre de algún problema relacionado con la optometría.

Vamos a ver sin usar los ojos, a crear un mundo de fantasía. Todos los sábados a las ocho el circo de La Casa de los Deseos  nos abre las puertas de la imaginación.

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