
No está nadie para saberlo ni yo para contarlo. Es decir, nadie con excepción del médico tratante. Voy a hablar de una enfermedad que me metió en ciertos problemas.
Nadie notó que me alejé dos días de mis columnas diarias en SDPNoticias. Si he decidido dar esta explicación lo he hecho para tranquilizarme a mí mismo: una especie de autoterapia psicológica.
La pedagogía del chantajeEl factor de López ObradorLa culpa la tuvo un restaurante fifí de cuyo nombre don Quijote de la Mancha no querría acordarse. Al ingerir alguno de los nada baratos platillos llegó a mi panza cierto bicho…
Pasé dos días muy malos. Empiezo a estar mejor gracias a un panel molecular de diarrea que un médico amigo me exigió. Yo no quería gastar mi dinero en eso, pero la molestia era tan grande que terminé por hacerlo.
En los hospitales y laboratorios privados la marca de esa prueba es FilmArray —la naca costumbre de nombrar a las cosas en inglés—. Comprendo que se trata de un desarrollo estadounidense, pero no hay necesidad de semejante agringamiento.
El nombre completo, en inglés, es FILMARRAY Gastrointestinal Panel, una innovación de la empresa BioFire. Este procedimiento se basa en la técnica PCR.
El FilmArray revolucionó las pruebas PCR, que hasta antes de la gran idea de BioFire requerían que un técnico altamente capacitado pasara horas preparando y analizando muestras de heces por separado en diferentes máquinas.
BioFire sintetizó todo ese proceso dentro de un cartucho de plástico sellado y una sola máquina, a la que le bastaba una sola muestra de diarrea para buscar, en máximo una hora, 22 bichos al mismo tiempo, lo que incluye bacterias (como salmonela y E. coli), virus (como rotavirus y norovirus) y parásitos.
Por cierto, las pruebas PCR adquirieron enorme prestigio durante la pandemia de covid: fueron el estándar de oro para diagnosticar si alguien tenía el coronavirus.
El panel molecular de diarreas políticas y periodísticas
Una vez encontrado el bicho que me tenía casi incapacitado —inclusive sin el casi—, recurrí al tratamiento recomendado por el médico y mejoré rápidamente: pronto estaré como nuevo. Es decir, tan nuevo como puede estarlo alguien que el próximo octubre cumplirá 70 años de edad y jamás ha cuidado la alimentación, lo que supongo he agravado por cierta propensión a acompañar las comidas con vino de mil pesos.
Apliqué la tecnología del FilmArray gastrointestinal para analizar muestras —particularmente malolientes— tomadas de cierta prensa y de algunos grupos políticos de México.
Corrí el panel molecular. Informé a la máquina del laboratorio que no se sorprendiera si además de salmonela, clostridium o rotavirus, encontraba la descomposición política y periodística de estos días.
Lo primero que detectó la máquina fue caca, de la normalita. Nada extraordinario: el desecho más predecible en cualquier organismo.
El segundo descubrimiento fue mierda. La misma caca común y corriente, un poco más escandalosa y ruidosa, pero biológicamente idéntica a la otra.
Enseguida aparecieron la popó —presentación más ligera y amable, pero también la misma cosa— y las heces, que es el alias elegante que usa la gente especializada en el tema al hacer sus reportes oficiales. Nunca estorba intentar que la caca suene respetable y con modales.
En fin, hasta ese punto, todo dentro de los parámetros biológicos esperados en un proceso de análisis de desechos. Lo interesante y preocupante vino después.
El FilmArray se complicó por la excesiva pestilencia que de pronto llegó a la máquina. Asquerosa pestilencia, es verdad: ni los filtros de altísima eficiencia del laboratorio lograron contenerla. El panel molecular de diarrea estuvo a punto de fracasar.
Lo que olía tan mal era la combinación de dos mierdas: la prensa y la oposición entreguista, que ni siquiera en su inmundicia pueden desarrollarse por sí solas, ya que necesitan nutrirse de intereses injerencistas del exterior, especialmente de la ultraderecha de Estados Unidos, y cuya única función molecular es producir ruido y gases, esto es, confusión que invite a sectores conservadores estadounidenses a creer que es posible, sin costos para ellos, decidir desde el vecino país del norte el rumbo de la política mexicana.
El FilmArray llegó a una conclusión sabia: se puede y se debe vivir con la caca —mierda, popó, heces—, que son simples residuos tan inevitables como necesarios. Pero la prensa y la oposición entreguista son otra cosa.
Debemos combatir con todos los recursos lícitos que tengamos a la mano el tufo a subordinación de la comentocracia y de partidos políticos como el PRI y el PAN. No podemos de ninguna manera aceptar que nadie, ni siquiera de palabra, lastime la dignidad nacional.
La defensa de la patria es lo que hace la gente honorable de cualquier país frente a la menor evidencia de que alguien ligado al extranjero se burla de los valores nacionales.
Hace unos días, lo leí en The Guardian, la filial de Starbucks en Corea del Sur provocó un terremoto político: un boicot masivo. Ocurrió porque la empresa lanzó el 18 de mayo una torpe campaña publicitaria llamada Tank Day (Día del Tanque). Y es que el 18 de mayo no es cualquier fecha en esa nación, sino la conmemoración de la masacre de civiles a manos de la dictadura militar en 1980.
Fue tan grande la protesta de la gente buena de Corea del Sur, que hizo rodar cabezas de ejecutivos de Starbucks y provocó disculpas públicas televisadas del propietario local y aun de la sede central del negocio en Estados Unidos.
El politólogo Cho Youngho, quien ha estudiado las consecuencias de la represión del 18 de mayo, dijo que la reacción del público reflejaba algo más que un fracaso de marketing: “Hoy en día, se espera que las empresas respeten la dignidad humana y las normas sociales”.
El apunte del experto coreano viene al caso al analizar el entreguismo de la prensa y la oposición mexicanas.
En Corea del Sur la memoria histórica se define en torno a fechas clave de su dolorosa transición democrática. Para México, las fechas de los grandes acontecimientos son importantes, sin duda, pero la más profunda herida nacional, que nos mantiene en alerta ante cualquier posibilidad de ataque desde el extranjero, surge de hechos brutales del pasado sin fechas claras de inicio o terminación: las invasiones, los despojos territoriales y las guerras injustas que nuestro país ha sufrido por parte de potencias extranjeras.
Pisotear la dignidad nacional tiene consecuencias. Al apostar por subordinar las decisiones mexicanas a los dictados de EEUU, buena parte de nuestra prensa y prácticamente toda la oposición política rompen nuestro pacto social.
No lo debemos permitir. Tendremos que derrotarles con las armas de la ley y la democracia. Es en esencia lo que dijo el pasado domingo, en el Monumento a la Revolución, la presidenta Claudia Sheinbaum.
En esta compleja etapa histórica debemos elegir si nos formamos en las filas del patriotismo o en aquellas de los grupos conservadores que no dejan de buscar un nuevo Maximiliano.
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Columna de Federico Arreola en SDP Noticias
Foto Especial
clh