Vivimos en un país en el que el monopolio del poder descansa en partido de izquierda que lidia con una oposición que goza de una clara inclinación al conservadurismo rancio de la década de los ‘70s.
Esa no puede ser una buena señal para alcanzar el clima de libertades que se requiere para poder tener herramientas para el desarrollo pleno, largamente postergado por una clase política mocha, conservadora y retrógada.
Dos casos en la escena pública permiten establecer que para quienes gobiernan y los opositores, el sesgo es el mismo. Hace días que la clase política en el país debate sobre la sexualidad de dos personajes de la vida nacional cuyas vidas se cruzaron en el camino cuando el PRI era partido dominante.
Como si la sexualidad de Andrés Manuel López Obrador y de Carlos Monsivais fuera decisiva para el futuro de la sociedad, discuten en la cloaca de la política si uno sodomisó al otro. Las plumas de quienes opinan desde el púlpito presuntamente intelectual escudriñan en la vida privada de quienes están fuera de la escena.
Uno en su rancho en Chiapas y el otro fallecido hace 16 años. El primero tuvo el valor que otros opositores no tuvieron para enfrentar al aparato desde 1991 con su éxodo por la democracia, hasta que en 2018 ganó la Presidencia de México. Podría decirse a la luz de la evidencia histórica, virilidad no faltó al tabasqueño.
¿El tamaño importa? Ya lo decidiá la Santa Inquisición que medra por estos días en redes y espacios de opinión.
Es corta la memoria de quienes hurgan en la vida privada de Monsiváis, el intelectual de la izquierda mexicana. Personalmente lo seguí unas calles por el Centro Histórico de la Ciudad de México durante la impresionante marcha contra la inseguridad y la violencia con cientos de miles de personas vestidas de blanco el 27 de junio de 2004, cuando Vicente Fox era presidente de México.
No era Octavio Paz, el misógino ganador del Nobel de Literatura (1990); el perfumado Carlos Fuentes; o el intelectual orgaánico del poder de ese entonces, Héctor Agilar Camín.
Era Monsiváis un intelectual popular la figura que cargaba libros bajo el brazo, con ese pelo cano rebelde y sus característicos anteojos a quienes los habitantes de la capital cautivó.
Contradictorio, si. Fue lo que pude ver en primera persona a su paso por las calles de Bucareli, rumbo a la Alameda y de ahí a la Juárez para enfilar a Paseo de la Reforma. Al Monsi le regalaban donas y refrescos al pasar por los tendajones de las angostas calles del primer cuadro de la capital.
La gente que lo veía pasar detenia el paso, lo saludaba con admiración y cierta veneración que parecía sonrojar al escritor de obras como “Los rituales del caos”, el espléndido ensayo que en 1995 retató la vida del capitalino: “México es la ciudad en donde lo insólito sería que un acto, el que fuera, fracasara por inasistencia. Público es lo que abunda…” (p 19).
El tramo andado fue lento, extremadamente costoso en tiempo para quie llevaba la consigna de escribir una crónica de esa gigantesca manifestación legítima que exigía al poder poner un alto a la ola de secuestros que por esos años subió hasta niveles insospechados: las hermanas de Thalía, Laura Zapata y Camila Sodi y el padre del director de cine, Alejandro González Iñárritu. Ese pasaje oscuro nadie lo quiere revivir, sin embargo.
La homofobia, misoginia y machismo no ha cambiado en nada en ese segmento de la política y la sociedad. Acaso lo único es el rostro de los bugas de la época que corre, detrás de los cuales asoman quienes tiene por hábito la de cualquier chichifo.
@FerMaldonadoMX
clh
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