En medio de la fiebre mundialista, con la mayor concentración de quienes son aficionados y para quienes se han dejado seducir por el deporte mas popular en América Latina, un evento de violencia política ejercida por el estado, con resultados mortales no se puede echar en el saco de la desmemoria.
El próximo jueves 9 de julio debe recordarse mucho más allá de lo que ocurra en el Mundial de Fútbol. Ponerlo en el escrutinio es imprescindible ante el riesgo de la desmemoria que busca atenuar indignación legítima. No se puede exonerar a los responsables de perseguir, encarcelar o asesinar a quienes han tenido el valor de la protesta.
Si, fue hace 12 años cuando en el Mundial de Fútbol celebrado en Brasil, a cientos de miles de kilómetros de distancia, un niño caía abatido por la fuerza de un proyectil disparado por un granadero en Chalchihuapan, mientras miles de familias concentraban la atención en un juego de pelota de semifinales entre las selecciones de Argentina y Países Bajos.
Un país latinoamericano en el terreno de juego era mas que suficiente para adormecer los sentidos de la sociedad en todo el país, incluyendo a Puebla, mientras un pueblo alentado por la repulsa social corría en paralelo por una política pública en el gobierno del panista Rafael Moreno Valle de retirar servicios administrativos en juntas auxiliares.
La cita con la historia es obligada porque permite ver en retrospectiva un periodo en el que el clima de libertades se puso en riesgo a un costoso precio: la muerte de un niño de 13 años como consecuencia de un gobernador que aún es visto por un sector conservador como el gran “reformador” con posibilidades de ser Presidente de México.
Todavía hace unos días el senador Nestor Camarillo del Movimiento Ciudadano, en el afán de conectar con ese público, ignorante de la historia, hizo publicar en sus redes la cita de ese dictador que encabezó un gobierno de oprobio, tenaz acosador de los adversarios y responsable de la muerte de un niño.
Sobre las causas de la muerte de José Luis Alberto Tehuatlie Tamayo, que por estos días haría cumplido 25 años de edad, se escribió con abundancia.
La forma en la que los mandos a cargo de Facundo Rosas, secretario de Seguridad de la época orquestaron el choque con los pobladores del lugar, la negativa a negociar el retiro del bloqueo de la autopista que lleva a Atlixco y Cuernavaca y, luego, el uso de cabeza de cerdo como coartada para exponer ante los medios que lo que arrebató la vida a ese niño no había sido un proyectil policial.
El dominio de la prensa por parte de los sensores de Moreno Valle no fue suficiente porque un sector de periodistas insumisos logró romper el discurso monocorde que pretendió librar de toda responsabilidad a esa clase política.
El enojo legítimo de quienes no se tragaron la patraña de ese gobernante y sus funcionarios y asesores propició la caída de ese secretario de Seguridad que debió salir por la puerta de atrás de una administración señalada por el homicidio de un niño y múltiples lesionados de un pueblo marcado por la pobreza.
Conviene no olvidar que fue un 9 de julio de 2014, igual en medio de una Copa del Mundo cuando en Puebla se confirmó lo que pocos se atrevieron a señalar: detrás de ese “reformador” estaba un sociópata imposibilitado de sentir culpa alguna.
@FerMaldonadoMX
clh
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