
La eliminación de México del Mundial ha golpeado fuertemente. Lo ha hecho no solamente a los hinchas que miran todos los partidos de futbol y que siguen la Liga MX, sino también a millones de hombres, mujeres y niños que esperan cuatro años para volver a volcarse sobre su selección, cantar los goles y soñar que la Selección Nacional ahora sí que puede ser diferente.
Algo de lo mágico traído por el Mundial fue el olvido efímero de las problemáticas y de la polarización. Poco importaba hace apenas un par de días si uno era panista o morenista, o si era de Pumas o del América, sino lo que valía era el sueño futbolero; quizás no de ver a la selección mexicana como campeona del mundo, pero sí de verlos avanzar hacia la ansiada ronda de cuartos de final. No sucedió nada. Se quedaron donde siempre. La esperanza volvió a morir el domingo por la noche.
Cuando lo medio malo se vuelve bueno¿De veras Rubén Rocha valía el T-MEC?El México que se despertó ayer fue el de siempre: el de la polarización, el de una sociedad harta de los políticos, el de un país carcomido por la penetración del crimen organizado, la nación a la que se le vende todos los días desde la mañanera la falsa ilusión de que se avanza, el de un México que no registra crecimiento económico, y el de un pueblo engatusado por sujetos ambiciosos que juran velar por sus intereses al tiempo que solo persiguen sus votos.
La presidenta Claudia Sheibaum sigue gozando de altos niveles de popularidad. La gente, a pesar de los sendos fracasos y omisiones, confía en ella. Por ello debe servir como ejemplo de fortaleza. Está obligada igualmente a proceder en contra de los impresentables que la rodean, pero a la vez, debe estrechar la mano a ese México que no votó por ella y que está hoy representado en los partidos de oposición. Su decisión de no acudir al partido inaugural fue, a mi juicio, un error. Perdió una buena ocasión de mostrar su investidura y su carácter. En cambio, optó por esconderse de una afición que la habría repudiado.
Un México sin Mundial no gusta a nadie, o solo a un puñado. Sin embargo, la esperanza nacional no debe descansar solo sobre once individuos cada cuatro años, sino en el verdadero potencial de millones de ciudadanos que deben hacer ejercer sus derechos para exigir al gobierno que rinda cuentas, que no proteja más a los narcopolíticos, que ponga por delante el interés general sobre el de los partidos, que incentive la inversión privada, que castigue la corrupción, que repudie los excesos, que diseñe auténticas políticas de Estado, que detenga la destrucción de las instituciones democráticas y que ofrezca incentivos para forjar una sociedad más justa y próspera.
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Columna de José Miguel Calderón en SDP Noticias
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