
La izquierda colombiana acaba de sufrir una derrota electoral que no puede explicarse con el comodín del fraude. Abelardo de la Espriella, representante de la derecha más dura y alineada con los sectores que hoy avanzan en todo el continente, ganó la presidencia por un margen estrecho pero real. Iván Cepeda reconoció el preconteo. El Pacto Histórico se derrumbó en segunda vuelta. Y la pregunta que duele, pero que hay que hacerse sin anestesia, es: ¿por qué?
No fue un robo electoral. Fue un fracaso político, estratégico y de resultados. El gobierno de Gustavo Petro tuvo la oportunidad histórica de demostrar que la izquierda podía gobernar con firmeza, romper estructuras de poder y mejorar la vida concreta de la gente. En varios aspectos importantes falló. Y cuando la izquierda falla en lo fundamental —seguridad, economía, ejecución de reformas y conexión emocional con la base—, la derecha regresa como una avalancha.
El exembajador y AMLOMinimizó al sombrerudoEl mapa de América Latina se tiñó de azul. Argentina con Milei, Chile con José Antonio Kast, El Salvador con Bukele, Ecuador con Noboa, Perú con una derecha fortalecida, y ahora Colombia. Países grandes, con economías relevantes y peso geopolítico, están gobernados o a punto de serlo por fuerzas de derecha o extrema derecha. La izquierda tuvo su oportunidad en varios de estos países y la desperdició. Prometió transformación y entregó tibieza, pactos con los poderes de siempre, reformas diluidas y resultados insuficientes. La derrota no es solo de Colombia: es el precio de la moderación cuando se necesita coraje, y de la improvisación cuando se prometió profundidad.
El caso de Brasil es la advertencia más brutal. Lula demostró en su primera etapa que la izquierda puede sacar millones de la pobreza y generar inclusión real. Pero después llegó la moderación. Dilma Rousseff se corrió al centro, evitó confrontaciones decisivas y le regaló el poder a Bolsonaro. El pueblo corrigió el error y regresó con Lula. Sin embargo, la historia se repite: otra vez la tibieza, otra vez los pactos, otra vez el miedo a ser realmente de izquierda. Ahora todo apunta a que puede regresar el Bolsonaro hijo, más joven, más organizado y con la misma línea de fondo. Cuando la izquierda tiene resultados pero los diluye por miedo, el pueblo termina castigándola trayendo de vuelta a lo más extremo.
En Colombia el diagnóstico es más fresco y más duro. Petro es un hombre honesto, un símbolo de resistencia de décadas. Intentó reformas valiosas y visibilizó debates que nadie se atrevía a tocar. Pero no fue un gran presidente en la ejecución. La “Paz Total” no llegó: las negociaciones con el ELN avanzaron con lentitud, las disidencias de las FARC siguieron controlando territorios, el Clan del Golfo se fortaleció en varias zonas y los homicidios no bajaron de forma estructural. La gente sigue sintiendo inseguridad y extorsión. En economía, el crecimiento fue mediocre, la inflación golpeó a los más pobres y las promesas de redistribución se quedaron cortas. La reforma tributaria no recaudó lo necesario. La reforma a la salud generó caos, enfrentó al gremio médico y terminó recortada o bloqueada. La pensional se aprobó con costos políticos altísimos y dudas sobre su viabilidad real.
Políticamente, Petro llegó con una coalición amplia y la fue perdiendo. El Congreso se le volteó. La popularidad se desplomó. No logró mantener la calle movilizada de forma permanente ni construir un movimiento sólido más allá de su figura. El candidato Iván Cepeda no prendió, no emocionó, no conectó ni siquiera con la base dura. Parecía la continuación cansada de un proyecto que ya no ilusionaba. Cuando la gente vota por cambio y al final siente que la vida sigue igual o peor, castiga. Vota por quien promete orden, aunque sea con mano dura.
La izquierda mexicana que ahora duda de los resultados colombianos está cometiendo el mismo error que la izquierda colombiana: negarse a ver la realidad. No hubo fraude masivo. Se puede perder una elección sin que te la roben. Se pierde cuando el candidato no conecta, cuando el gobierno no entrega resultados tangibles y cuando se prefiere la victimización antes que la autocrítica honesta.
Y sin embargo, hay una luz en medio de esta oscuridad regional. Esa luz se llama México. Mientras en Colombia, Argentina, Chile y Perú la izquierda retrocede o se derrumba, en México el proyecto de transformación sigue firme. Claudia Sheinbaum ganó su elección de forma contundente, con un mandato claro y sin lugar a dudas. No fue un triunfo apretado que se dispute en tribunales. Fue una victoria amplia que confirmó que la izquierda puede ganar con holgura cuando entrega resultados concretos: programas sociales que la gente siente, avances en infraestructura, defensa de la soberanía energética y un proyecto que no se asusta de los ataques mediáticos ni pacta su alma con los poderes de siempre.
México se ha convertido en el referente que la izquierda latinoamericana se niega a mirar. Mientras otros gobiernos de izquierda prometen transformación y no la ejecutan, el gobierno mexicano demuestra que es posible resistir, avanzar paso a paso y mantener el apoyo popular. Claudia Sheinbaum representa la continuidad de un proyecto que no se detuvo. Representa que se puede gobernar desde la izquierda sin rendirse ni diluirse.
La lección de Colombia es clara y dolorosa: los gobiernos de izquierda que prometen cambio estructural y no lo entregan en hechos concretos pierden. Pierden el apoyo de la gente. Pierden las elecciones. Y abren la puerta a lo más oscuro de la derecha. La ultraderecha ya gobierna en varios países clave del continente. Lo que viene puede ser mucho más duro de lo que imaginamos.
La izquierda de América Latina tiene dos caminos. El fácil: seguir negando la realidad, gritar fraude donde no lo hay y victimizarse. El difícil: hacer autocrítica honesta, reconocer que se pactó demasiado, que se improvisó en las reformas, que la seguridad no se controló y que la economía no mejoró lo suficiente para el pueblo. Solo el camino difícil permite aprender. Y solo aprendiendo se puede resistir.
México ya demostró que es posible. La pregunta es si la izquierda del resto del continente está dispuesta a mirar hacia acá antes de que sea demasiado tarde. Porque la ola conservadora y libertaria no se detiene sola. Solo se detiene cuando la izquierda aprende a gobernar con resultados, con firmeza y sin miedo a ser realmente de izquierda.
Esto apenas comienza. La derecha extrema ya está en el poder en varios países. Y lo que viene puede ser mucho más duro de lo que imaginan. Despierten antes de que sea demasiado tarde.
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Columna de Julian Mazoy en SDP Noticias
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