
Durante décadas, la Ciudad de México fue carta de presentación de la izquierda mexicana. Se presumía como la ciudad de los derechos, de la movilidad, de la innovación y de los mejores servicios públicos. Gobernarla representaba un orgullo; sin embargo, los retos que hoy plantea parecen ser un desafío que rebasa al gobierno de Clara Brugada.
El deterioro de la capital ya no puede ocultarse con discursos ni campañas publicitarias. La ciudad se cae a pedazos mientras sus habitantes pagan el costo de la improvisación, la falta de mantenimiento, la inseguridad y un gobierno más ocupado en administrar la narrativa que en resolver problemas.
Granizada cubre de hielo la autopista México-Puebla a la altura de San MarcosNo es casualidad que en el sexenio de Sheinbaum llegara el fin del “ya merito”Basta una lluvia de mediana intensidad para que la ciudad colapse. Las inundaciones dejaron de ser extraordinarias para convertirse en lo cotidiano: vialidades convertidas en ríos, estaciones del Metro anegadas, automóviles varados, viviendas afectadas y miles de personas atrapadas durante horas ponen en evidencia una infraestructura hidráulica abandonada por años.
En cuanto a la movilidad, el Metro, orgullo durante generaciones, es fiel reflejo del abandono: retrasos, fallas eléctricas, estaciones saturadas y averías son parte de la rutina. La tragedia de la Línea 12 debió marcar un punto de inflexión para reconstruir y modernizar el sistema; sin embargo, los problemas persisten en prácticamente toda la red.
El Tren Ligero tampoco se escapa: fallas operativas y suspensiones del servicio afectan cada día a miles de personas que dependen de este transporte, mientras las autoridades privilegian colocar anuncios espectaculares antes que ejecutar proyectos que solucionen la problemática de fondo.
Y no solo es el transporte, el simple hecho de caminar por muchas zonas de la ciudad se ha vuelto una odisea. El comercio ambulante se ha apropiado de banquetas, calles, estaciones del Metro y espacios públicos.
Esta invasión no se trata únicamente de un problema económico o social; representa la renuncia de la autoridad a ejercer el orden urbano. En demasiados lugares gobiernan más los líderes de comerciantes que el gobierno de la ciudad.
Pero si existe un tema que resume el sentimiento de los capitalinos es la inseguridad. Aunque durante años se insistió en el discurso de que la Ciudad de México era ejemplo de una estrategia exitosa, la percepción se ha desmoronado.
Los asaltos en el transporte público, los robos con violencia en colonias que antes eran consideradas seguras, como San Miguel Chapultepec, Condesa, Roma o Polanco; los atracos a casa habitación, el robo de vehículos y los homicidios vuelven a dominar la conversación cotidiana. Frecuentemente videos captados por cámaras de seguridad muestran la facilidad con la que operan los delincuentes y la impotencia de las víctimas.
Datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública y de la Fiscalía capitalina indican que se comete un robo cada 78 minutos y, de acuerdo con el INEGI, entre seis y siete de cada diez habitantes se sienten inseguros, lo cual coloca a la capital entre las entidades con mayor percepción de inseguridad del país.
La sensación de vulnerabilidad se ha extendido prácticamente a toda la ciudad. Ya no existen horarios seguros ni zonas completamente confiables. La incertidumbre acompaña a millones de capitalinos que salen diariamente sin la certeza de regresar con sus pertenencias o incluso con su integridad física intacta.
Esa realidad comienza a reflejarse en la opinión pública. México Elige coloca a Clara Brugada en el lugar 25 entre los 32 gobernadores del país, con apenas 32 por ciento de aprobación ciudadana. Un dato que rompe con la narrativa de que la capital sigue siendo el principal bastión de Morena.
Si bien el desgaste no corresponde únicamente a la actual administración; es consecuencia del deterioro acumulado durante años y ninguna estrategia de propaganda puede convencer a quien pasa cuatro horas atrapado en el tráfico, espera interminablemente el Metro, pierde su automóvil en una inundación o vive con el temor de ser asaltado.
La CDMX dejó de ser ejemplo nacional para convertirse en el reflejo de los muchos problemas que Morena prometió resolver y que no cumplió.
Al final, el mayor riesgo para Clara Brugada puede ser ocupar los últimos lugares en las encuestas y que eso afecte su futuro político.
Pero, lo verdaderamente preocupante, es que los capitalinos terminen por normalizar el deterioro de una ciudad que durante décadas fue considerada la más moderna y mejor administrada del país.
Si la CDMX deja de ofrecer seguridad, movilidad, orden y servicios públicos eficientes, también deja de cumplir con la elemental función de garantizar calidad de vida a quienes la habitan y esa factura, tarde o temprano, terminará cobrándose en las urnas.
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Columna de Manuel Díaz en SDP Noticias
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