
“La decadencia de una causa comienza cuando sus adversarios dejan de temerla y empiezan a esperar pacientemente a que se desgaste sola”.
Adaptación libre de una idea de Raymond Aron
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Hubo quienes salieron del Estadio Azteca convencidos de haber presenciado algo histórico. ¿Cómo qué? Pues que abuchearon a Cuauhtémoc Blanco. O que se escucharon gritos de “fuera Morena”. O que algunos incluso corearon el nombre de Ricardo Salinas Pliego como si acabaran de descubrir al candidato secreto que cambiará el destino nacional.
Los videos inundaron las redes sociales. Las capturas de pantalla circularon de grupo en grupo. Los opositores se entusiasmaron. Los más optimistas comenzaron a redactar, una vez más, el certificado de defunción política de la Cuarta Transformación.
Y ahí aparece el problema. Una rechifla no es una estructura política. Un estadio no es una coalición electoral. Un video viral no es una candidatura. Y el hartazgo, por sí mismo, jamás ha construido una alternativa.
Lo ocurrido durante la inauguración mundialista fue interesante precisamente porque funcionó como una especie de estudio de opinión espontáneo. Sin encuestadoras, sin focus groups, sin preguntas dirigidas. Catarsis de miles de personas reunidas en un mismo lugar, quienes decidieron expresar algo que lleva tiempo acumulándose: existe una parte de la población cansada del oficialismo.
La noticia es esa. No los gritos. No los videos. No los memes posteriores.
La existencia de un descontento que ya no parece dispuesto a quedarse encerrado en conversaciones privadas. Noticia que, si uno lo piensa, tampoco es que sea noticia. Eso ya se sabía.
Así que la pregunta importante es otra: ¿qué ocurre después?
Cuauhtémoc Blanco fue abucheado incluso en el entorno donde durante años cultivó buena parte de su popularidad. El episodio retrata el deterioro de una figura política cuya trayectoria institucional difícilmente puede presumir resultados extraordinarios y cuya permanencia en la conversación pública parece depender más de la protección política que del respaldo ciudadano.
Pero una vez terminado el abucheo, ¿qué? ¿Existe alguna consecuencia política real? ¿Alguien dentro de Morena piensa que el episodio obliga a revisar perfiles, candidaturas o responsabilidades? (Hahaha. Una disculpa por reírme.)
La respuesta parece evidente. Nada.
Lo mismo ocurre con quienes celebran los gritos de “fuera Morena”. Muy bien. ¿Y luego? ¿Quién encabeza la alternativa? ¿Quién articula el descontento? ¿Qué proyecto político lo representa?
Porque una cosa es que una parte de la ciudadanía rechace al gobierno y otra muy distinta que haya decidido apoyar a alguien más.
La oposición mexicana lleva años confundiendo ambos fenómenos. Asume que cada error del oficialismo automáticamente se traduce en una victoria propia. Como si el electorado funcionara mediante una transferencia automática de votos. Como si el desgaste de Morena produjera por generación espontánea liderazgos opositores.
La realidad es exactamente lo inverso.
Mientras algunos celebraban los videos del Azteca, el PRI celebraba sus resultados en Coahuila. Una victoria local que puede ser relevante para la política estatal, pero que difícilmente altera el equilibrio nacional. Y aun así fue presentada por algunos como si estuvieran contemplando el desembarco en Normandía.
La escena resume perfectamente el estado de la oposición mexicana. Morena festeja porque la oposición no existe. La oposición festeja porque Morena fue abucheada. El PRI festeja porque ganó Coahuila. Salinas Pliego festeja porque le gritaron “presidente”.
Todos celebran algo. Nadie construye nada.
Mientras tanto, siguen apareciendo los mismos nombres, los mismos grupos y las mismas disputas internas que llevan años demostrando su incapacidad para conectar con una mayoría electoral. No hay nuevos cuadros. No hay renovación visible. No hay una narrativa coherente. No hay una propuesta que vaya más allá de esperar el desgaste gubernamental.
Y esa, perdón que lo diga, es probablemente la mejor noticia que podría recibir la Cuarta Transformación.
Miren ustedes: los gobiernos rara vez sobreviven gracias a sus aciertos. Muchas veces sobreviven gracias a la debilidad de quienes intentan sustituirlos.
Y precisamente por eso conviene no confundir los síntomas con el desenlace. También precisamente por eso yo suelo enfocarme más en el análisis sistémico y no de la anécdota como hacen otros columnistas día tras día. Ver si ahí sí se dibujan señales de luz.
De lo contrario, solo nos dedicamos a observar unas muestras de agotamiento de la 4T. Mismas que es lógico aparezcan. Y es que sería extraño que un proyecto político acumulara poder durante tantos años sin comenzar a mostrar desgaste.
Pero una señal de esa naturaleza no es una transición. Un abucheo no es una elección. Y una flor no hace primavera.
Si la ciudadanía inconforme, los partidos opositores y los aspirantes presidenciales creen que basta con esperar a que Morena tropiece para heredar el poder, podrían descubrir demasiado tarde que el tiempo también corre en su contra.
El posible ocaso de la 4T no necesariamente anuncia el amanecer de alguien más. A veces un ocaso solo anuncia la llegada de la noche.
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Columna de Verónica Malo en SDP Noticias
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