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Miércoles, 22 de Julio de 2026

UNAM. Truquear a lo pendejo

Alguien tendrá que explicar cómo la UNAM consiguió la hazaña de diseñar un examen en el que quizá hicieron trampa los alumnos, fallaron los controles y ahora nadie sabe con certeza quién merecía entrar
Miércoles, 22 de Julio de 2026 07:24
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“La duda es uno de los nombres de la inteligencia”.

Jorge Luis Borges

A partir de ahora, la UNAM tiene un problema bastante más grave que un examen de admisión con posibles irregularidades: tiene un examen cuyos resultados ya no consiguen convencer a nadie. Y eso, para una Universidad cuya principal moneda de cambio es el conocimiento, constituye una tragedia institucional.

No estoy afirmando que todos los aspirantes hayan hecho trampa. Tampoco que las propias autoridades de la UNAM hayan manipulado deliberadamente los resultados. No hay, hasta ahora, elementos para sostenerlo como un hecho. Circula ampliamente esta lectura.

Pero sí hay algo que nadie puede negar: el proceso quedó bajo sospecha.

Y cuando se trata del examen que decide quién entra y quién se queda fuera de la Universidad Nacional Autónoma de México, la sospecha no es un detalle administrativo. Puede significar que alguien obtuvo —muchos obtuvieron— un lugar que no merecía(n) y que, en consecuencia, hubo quien sí lo merecía que se quedó afuera. Ese es el verdadero escándalo.

Por primera vez, la UNAM realizó en línea su examen de ingreso a licenciatura. Se registraron 191 mil 306 aspirantes y 158 mil 712 lo presentaron. La Universidad informó que el dos por ciento del proceso de ingreso fue cancelado por conductas contrarias a la convocatoria y que, durante las jornadas de aplicación, hubo bloqueos por actividades consideradas inadecuadas. También explicó que utilizó herramientas de inteligencia artificial para generar alertas que posteriormente serían revisadas por personal universitario. Hasta ahí, todo podría ser parte de un proceso de vigilancia.

El problema comienza cuando los resultados aparecen y las preguntas se multiplican.

¿Qué tan confiable es un examen cuyos resultados producen un aumento extraordinario en los aciertos y, al mismo tiempo, denuncias sobre el uso de inteligencia artificial, posibles filtraciones y servicios externos para ayudar a los aspirantes?

No lo sabemos. Y ese es, precisamente, el problema.

Por ejemplo, he sabido de un testimonio de una madre cuya hija presentó el examen en línea. Según cuenta, varios de sus amigos utilizaron ChatGPT durante la prueba y no fueron detectados por el sistema. No tengo manera de verificar individualmente esas afirmaciones y, por tanto, no las presento como prueba de un fraude generalizado. Pero sí como una señal de alarma.

Porque si un número significativo de jóvenes pudo utilizar herramientas de inteligencia artificial sin ser detectado, entonces la pregunta inevitable es cuántos resultados reflejan realmente el conocimiento del aspirante y cuántos reflejan su habilidad para burlar el mecanismo de evaluación.

Y aquí aparece una hipótesis todavía más incómoda.

Es posible —insisto: posible— que la facilidad relativa de algunos reactivos haya contribuido al aumento de los aciertos. También es posible que la aplicación en línea, las condiciones del examen y el acceso a herramientas tecnológicas hayan alterado la distribución de resultados.

Pero hay una hipótesis que merece ser investigada: que el diseño del examen haya buscado, deliberadamente elevar el número de aciertos.

¿Por qué?

Porque la UNAM selecciona a sus alumnos con base en el número de respuestas correctas. Y si, hipotéticamente, se facilita el examen de manera uniforme, todos los resultados pueden desplazarse hacia arriba sin modificar necesariamente el orden relativo de los aspirantes.

El efecto sería perversamente conveniente: más alumnos con un mayor número de aciertos. Más altos puntajes. Más estudiantes que pueden presumir haber obtenido una calificación extraordinaria.

Pero una calificación más alta no significa necesariamente un conocimiento mayor. Y ahí está la trampa conceptual.

Se pueden inflar los aciertos y, al mismo tiempo, disminuir la calidad de la evaluación. Eso sería un autoengaño monumental: creer que porque el puntaje en número subió, el conocimiento también.

No estoy diciendo que eso haya ocurrido. Digo que la UNAM debe explicar si ocurrió o no. Y debe hacerlo ya.

No dentro de meses. No cuando termine una comisión al “estilo Yasmín” que apenas ahora se anuncia. No cuando el próximo ciclo de admisión ya esté en marcha.

Ahora.

Porque mientras la Universidad guarda silencio o responde con comunicados institucionales, la sospecha se llena sola de contenido.

Y la sospecha, cuando no encuentra información, suele contratar imaginación.

La UNAM informó que creó una comisión técnica para analizar el proceso, los datos obtenidos y el desempeño de los aspirantes. La pregunta es inevitable: ¿por qué esa revisión no se hizo antes de publicar los resultados, justo cuando se detectaron inconsistencias?

¿Por qué no se analizaron exhaustivamente los datos antes de decirle a cientos o miles de jóvenes que habían sido aceptados o rechazados?

¿Por qué no se verificó con mayor rigor si el sistema podía detectar el uso de inteligencia artificial?

¿Por qué no se realizaron pruebas suficientes para saber si el modelo de examen era vulnerable?

¿Por qué no se anticiparon los escenarios posibles?

Y, sobre todo, ¿qué hará la Universidad si al final resulta que un aspirante quedó fuera por un solo acierto mientras otro, que obtuvo un resultado superior, sí utilizó una herramienta de inteligencia artificial que el sistema no detectó?

Ahí comienza el problema verdaderamente grave. Porque ya no estaríamos hablando solamente de alumnos tramposos. Estaríamos hablando de un sistema de selección que pudo haber premiado al que mejor burló el examen y castigado al que decidió presentarlo honestamente.

La paradoja es brutal: quizá los estudiantes hicieron trampa; quizá el sistema permitió la trampa; quizá ambos. Pero, en cualquiera de los casos, los que podrían haber terminado pagando la factura son los mejores estudiantes. Los que estudiaron. Los que se prepararon. Los que contestaron solos. Los que quizá se quedaron a un acierto de entrar.

A ellos nadie les devuelve el lugar si se comprueba que otros lo obtuvieron mediante una ventaja indebida.

Y entonces aparece otra pregunta, todavía más incómoda: ¿qué significa ser un alumno de excelencia cuando el mecanismo que selecciona la excelencia está bajo sospecha?

La UNAM no solamente está administrando un examen. Está administrando un criterio de mérito. Y el mérito, para existir, necesita una cosa elemental: confianza.

Si el examen no mide conocimiento, sino la capacidad de contestar más preguntas. Si no mide preparación, sino la habilidad de esquivar los controles. Si no distingue al mejor estudiante del mejor tramposo. Entonces el examen habrá cumplido su función burocrática, pero habrá fracasado en su función académica. Y eso debería preocupar mucho más que el número de aciertos.

Porque la Universidad puede decir que sus sistemas funcionaron. Puede decir que bloqueó a cientos de aspirantes y que detectó irregularidades. Puede denunciar a quienes ofrecieron servicios fraudulentos. Todo eso está bien.

Pero todavía falta responder la pregunta esencial:

¿Los resultados publicados son confiables?

No basta con decir que la mayoría presentó el examen correctamente.

Hay que demostrar que quienes obtuvieron los lugares disponibles los merecían.

Y hay una diferencia enorme entre ambas cosas. La primera significa que el examen se realizó. La segunda, que el proceso seleccionó correctamente.

No son lo mismo.

Por eso la UNAM tiene que explicar con absoluta transparencia qué ocurrió. Cuántos casos fueron detectados. Cuántos exámenes fueron invalidados. Cuántos presentaron patrones anómalos. Qué capacidad real tuvo la inteligencia artificial para detectar el uso de herramientas externas. Qué ocurrió con los casos que no fueron detectados en tiempo real. Y, sobre todo, si existe evidencia de que los resultados generales fueron afectados.

Porque ya hay un daño reputacional. Y no solamente para quienes diseñaron el examen.

Lo pagarán los alumnos que ingresen. Lo pagarán los profesores que les enseñen. Lo pagarán los egresados que tendrán que demostrar, una y otra vez, que su título representa conocimiento y no simplemente la capacidad de sobrevivir a un sistema de admisión cuestionado.

Y lo pagará la propia UNAM. Porque cada estudiante rechazado podrá preguntarse si perdió su lugar frente a alguien que hizo trampa. Y cada estudiante aceptado podrá cargar con una sospecha injusta: quizá sí lo merecía, quizá no. Ese es el peor escenario posible. Que los tramposos entren y los honestos se queden afuera. Que los buenos resultados sean los malos resultados.

Que la Universidad termine premiando el ingenio para burlar el sistema en lugar de la preparación para superarlo.

Por eso este no es solamente un problema de admisiones. Es un problema de confianza.

La UNAM debe entenderlo y actuar en consecuencia. No puede limitarse a crear una comisión para investigar el incendio después de haber entregado las llaves de la casa.

Tiene que explicar qué pasó, quién decidió, quién supervisó, quién revisó los resultados y por qué las dudas no fueron detectadas —o atendidas— antes de publicar las listas.

Y si hubo errores, reconocerlos.

Si hubo fallas, corregirlas.

Si hubo fraude, sancionarlo.

Si los resultados son válidos, demostrarlo.

Porque una Universidad que presume de formar a los mejores no puede permitirse seleccionar a sus alumnos con un instrumento cuya confiabilidad nadie puede explicar.

La UNAM no necesita más aciertos.

Necesita certezas.

Y si al final resulta que todo fue un gran malentendido, estupendo.

Pero si no lo fue, alguien tendrá que explicar cómo la máxima casa de estudios del país consiguió la hazaña de diseñar un examen en el que quizá hicieron trampa los alumnos, fallaron los controles y ahora nadie sabe con certeza quién merecía entrar.

Eso sí habría sido una verdadera transformación universitaria. Es decir, truquear. Pero, además, truquear a lo pendejo.

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Columna de Verónica Malo en SDP Noticias

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