
¡Qué golpe ha sufrido la capacidad de análisis de comentócratas como Jorge Fernández Menéndez, su tocayo Jorge Castañeda, el que mejor escribe de todos ellos, Ciro Gómez Leyva, y la ideóloga de cabecera de los tres, Denise Dresser! Digo que ella es la proveedora de ideología de los Jorges y de Ciro porque, a mi parecer, estos, en sus columnas, solo repiten lo que primero expone la colaboradora de Reforma.
En una entrevista con Carmen Aristegui, la politóloga Dresser dijo: “En todos los años que llevo de analista jamás había presenciado un contexto tan peligroso en la relación bilateral”. Plagiando esa tesis, Castañeda afirmó que la relación entre México y Estados Unidos “se agotó”, y Fernández Menéndez sostuvo que el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum ha cometido un “suicidio político” porque se dirige “hacia una ruptura con la Casa Blanca de consecuencias impredecibles, en un contexto donde se está quedando solo, incluso en el ámbito internacional, lo que prácticamente obliga a la administración Trump a endurecer la relación”.
Regeneración Nacional: la deshonra del poder¿El huachicol tiene partido?Y hoy Gómez Leyva sugiere, también siguiendo el guion de Dresser, que la no participación de México en una extravagante reunión convocada por Marco Rubio sobre el “resurgimiento del terrorismo político” de los “grupos radicales de izquierda” —cualquier cosa que esto signifique— llevará de plano a que Estados Unidos se sienta “amenazado en su seguridad y en la supervivencia de su forma de gobierno”.
No es ilegal —ni siquiera es criticable— que Fernández Menéndez, Gómez Leyva y Castañeda copien a Dresser. Tampoco es ilegal que el análisis original sea fallido y que, por lo tanto, ella se equivoque y arrastre al mismo error a todos los análisis secundarios.
La prueba de que han sido erróneos los diagnósticos de la líder de la derecha anti–4T y de sus seguidores está en el sorprendente giro que ha dado el drama que escribían quienes tanto predicen o profetizan el colapso diplomático de la Cuarta Transformación. Tendrán que aceptarlo Denise, los Jorges y Ciro: la invitación que ha hecho el presidente Donald Trump a la presidenta Claudia Sheinbaum para asistir a la final del Mundial es, como mínimo, un gesto extraordinariamente importante de entendimiento.
La presidenta de México, lo dijo ayer en Playa del Carmen, ya tiene sus boletos de avión —supongo que en clase turista, como siempre, por los principios de austeridad de la 4T—. Volará, probablemente en Aeroméxico, la tarde de este sábado a Nueva York, donde mañana, en el vecino estado de Nueva Jersey —entre el estadio y Central Park hay menos de 20 kilómetros de distancia—, concluirá la Copa Mundial de la FIFA, el espectáculo deportivo más importante del mundo después de los Juegos Olímpicos.
Sheinbaum, invitada por Trump, presenciará el partido entre Argentina y España. En alguna red social leí el comentario de alguien que criticaba a Claudia porque no acudió al Azteca a apoyar a México y, en cambio, irá al estadio Nueva York / Nueva Jersey “a apoyar a Argentina”. Eso es una tontería, ya que la presidenta acudirá a la final solo a apoyar a México, a nada más que a eso.
Con Claudia Sheinbaum, estarán en el último juego del Mundial el presidente anfitrión, Donald Trump; el primer ministro de Canadá, Mark Carney; el presidente del gobierno de España, Pedro Sánchez, y el monarca español Felipe VI.
He leído que con Trump estará su esposa, Melania Knauss —oficialmente, con un machismo que no abandona las relaciones matrimoniales en Estados Unidos, Melania Trump—. Y según la prensa española, al rey lo acompañarán la reina Letizia y sus hijas, la princesa Leonor y la infanta Sofía. La compañera de Sánchez, Begoña Gómez, no acudirá —seguramente porque enfrenta duros ataques judiciales de la derecha de su país—.
Sí estará la cónyuge del primer ministro canadiense, Diana Fox Carney, lo que es una buena noticia para Sheinbaum, ya que Diana Fox es una economista experta en políticas de cambio climático, sostenibilidad y justicia social. Así que, si el partido aburre —algo que nadie desea, pero que podría ocurrir—, la mexicana podrá dialogar con una mujer preparada sobre temas más trascendentes que el futbol.
No dijo Claudia si con ella acudirá a la final su esposo, Jesús Tarriba; ojalá que sí. En las fotos que han circulado de los juegos de México en el Mundial a Jesús se le ve disfrutando del futbol, lo que desmiente a quienes piensan que esta actividad deportiva tan comercializada no interesa a las personas con formación científica: él es doctor en física teórica.
El que no estará, por ignorante, es el presidente de Argentina, Javier Milei. Ha trascendido que no asistirá al estadio Nueva York / Nueva Jersey por supersticioso: piensa que si ve el partido en su casa, con la misma chaqueta con la que ha visto los otros juegos del equipo de su país, dará suerte a Messi y compañía. Los argentinos son muy buenos para el futbol, pero evidentemente muy malos para elegir gobernantes. ¿En serio Milei cree que si ve el juego en la misma TV y sudando a mares con la misma chaqueta sin lavar hará el milagro de derrotar a España?
En el palco del estadio, que se convertirá en una cumbre entre un país gobernado por la derecha (Estados Unidos) y tres naciones con gobiernos progresistas que no se dejan intimidar por Trump (Canadá, España y México), es fácil imaginar a qué equipo apoyará cada una de las personalidades asistentes.
Donald Trump dirá al final que él siempre sostuvo que iba a ganar España (si así ocurre) o afirmará que nunca perdió la fe en Argentina (si es esa selección la que conquista la Copa). Trump nunca pierde y, si se equivoca en las apuestas, cambia de favorito y ya está: gana porque gana. El rey Felipe VI y el presidente Sánchez, naturalmente, estarán con España. ¿Carney? No lo sé, pero me late que llevará en su corazón la camiseta española simple y sencillamente por desprecio al mamilas de Milei.
¿A qué equipo apoyará la presidenta Sheinbaum?
Claudia estará ante un dilema: apoyar a Argentina por solidaridad latinoamericana, aunque sea un país gobernado por la peor derecha, o inclinarse por España, debido a su gobierno ideológicamente más cercano y a las buenas relaciones que recientemente ha construido tanto con Sánchez como con Felipe VI.
¿Por qué al estadio Nueva York / Nueva Jersey sí y no al Estadio Azteca?
La diferencia entre ambos estadios no solo es arquitectónica y de ubicación geográfica. En el Azteca se inauguró el Mundial en un evento cien por ciento de la FIFA. Claudia Sheinbaum no tenía por qué asistir a una fiesta tan elitista. Vio el juego —en todo momento alentando a México— en un modesto lugar de cierta alcaldía de la Ciudad de México. Su boleto para la inauguración, el número 00001, la presidenta lo regaló a una joven veracruzana sin capacidad económica para pagar las carísimas entradas.
La final, por la lógica de la geopolítica, es menos un evento de la FIFA que del gobierno de Estados Unidos, el más poderoso del planeta Tierra. Entonces, es diplomático, no de turismo deportivo, el viaje a Nueva York de la presidenta de México, quizá acompañada por su esposo. Quien seguramente sí andará por ahí, porque es su trabajo, será el canciller Roberto Velasco, y en una de esas, también por motivos de chamba, el titular de Economía, Marcelo Ebrard, quien prácticamente a diario negocia con el gobierno gringo temas comerciales.
Claudia Sheinbaum lo dijo con toda claridad: “Acepté —acudir a la final del Mundial— porque es una invitación directa del presidente de Estados Unidos”.
El futbol fortalecerá la relación bilateral, que han intentado destruir la testarudez de la derecha estadounidense y la vocación de traición de ciertos grupos políticos y mediáticos mexicanos.
Como siempre, con dignidad, ya sea antes o después del juego entre Argentina y España, la presidenta Sheinbaum le dirá al presidente Trump: “Cooperación en el marco de la soberanía, toda la que se requiera; injerencismo en México de parte de EEUU, jamás lo permitiremos”. Nunca se doblará una mujer con la sólida formación política de izquierda de la mandataria mexicana, y así terminará por entenderlo el hombre más poderoso del mundo.
Posdata: Deseo que gane España. Es decir, que el joven Lamine Yamal derrote al veterano argentino Messi que hoy comanda a un equipo capaz de politizar el futbol recordando el tema de las Malvinas, ese viejo conflicto en el que, si volvieran a enfrentarse —“Dios no lo quiera”, como dice el bolero—, los ingleses volverían a imponerse a los gauchos por goleada.
Otra posdata: A juzgar por el buen desempeño de Isaac del Toro en el actual Tour de Francia, en el que se ha sacrificado por su líder, Tadej Pogačar, es perfectamente posible que el Torito gane esa gran vuelta de tres semanas el próximo año. Ya debería preparar Sheinbaum las maletas para estar en París en el verano de 2027, después de las elecciones de medio término mexicanas, y abrazar al mejor deportista de México. Seguro la invitará quien ocupe la presidencia de la república francesa, que en una de esas podría pertenecer a la ultraderecha. No debería importarle a Claudia asistir, aun si gobernara la tendencia ideológica que, a mi juicio, jamás debería llegar al poder.
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Columna de Federico Arreola en SDP Noticias
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