
“Los malos arbitrajes se padecen. Los errores propios se arrastran durante años”.
Reflexión
Se acabó el sueño: México es eliminado del Mundial por InglaterraMundial 2026: así quedan definidos los cuartos de final del torneo
Durante varios minutos México hizo creer que el famoso “¿y si sí?” podía convertirse en realidad. Había ilusión, orden, intensidad y, sobre todo, una Selección que por primera vez en mucho tiempo parecía jugar como un equipo y no como una colección de egos. Al final, sin embargo, terminó imponiéndose el “¿y si no?”.
Sería demasiado cómodo culpar únicamente al árbitro. Y eso que hizo méritos suficientes para convertirse en el peor hombre sobre la cancha. Consintió golpes, perdió el control del partido y desesperó por igual a mexicanos e ingleses. Cuando ambos equipos terminan molestos con el silbante, normalmente significa que el arbitraje fue malo. Muy malo.
Pero tampoco sirve convertirlo en coartada. México también perdió la clasificación por errores propios.
Cuesta entender algunas decisiones desde la banca, particularmente la salida de Morita y de Quiñones cuando el partido pedía justamente futbolistas capaces de romper líneas. Más difícil todavía explicar que, jugando durante un largo tramo con un hombre de más, la Selección nunca encontrara la forma de traducir esa ventaja numérica en ventaja futbolística.
Y ahí estuvo la diferencia. Porque Inglaterra sí aprovechó sus momentos. México, en cambio, desperdició los suyos.
El primer gol inglés descompuso emocionalmente al equipo. Apenas unos instantes después cayó el segundo. Fueron dos golpes consecutivos que exhibieron una vieja enfermedad del futbol mexicano: cuando el partido exige sangre fría, solemos jugar con ansiedad.
Y, sin embargo, a pesar de eso, hubo algo de reacción.
La Selección volvió a competir, recuperó la pelota, empujó y encerró por momentos a Inglaterra. Llegó muchas veces a los alrededores del área rival. Pero una cosa es llegar y otra muy distinta saber terminar la jugada. Parecía que nuestros delanteros esperaban que los defensores ingleses se hicieran a un lado antes de disparar. Eso nunca ocurre en un Mundial.
El futbol premia la contundencia, no las buenas intenciones.
También deja enseñanzas fuera de la cancha. La afición volvió a demostrar que puede regalar imágenes extraordinarias. Escuchar miles de voces cantar al unísono pone la piel de gallina. Pero también dejó escenas que nunca deberían normalizarse: basura, destrozos, rechiflas innecesarias y una autoridad que prácticamente anunció de antemano que no pensaba hacer cumplir la ley. Cuando un gobierno renuncia al orden antes siquiera de intentar imponerlo, deja de gobernar para simplemente administrar el desorden.
Y el deporte mexicano ofrece otra lección todavía más incómoda. Mientras la Selección se despedía del Mundial, Pato O’Ward conquistaba Mid-Ohio e Isaac del Toro volvía a escribir historia en el Tour de France, algo que un mexicano no conseguía desde Raúl Alcalá décadas atrás. Mientras tanto, Sergio Pérez sobrevivía a otro fin de semana complicado en Silverstone.
Todos esos resultados tienen algo en común. No son fruto de una política pública exitosa. Son, en buena medida, triunfos alcanzados pese al Estado y no gracias a él.
¿A que voy? Pues que durante los últimos años el presupuesto destinado al deporte ha sufrido recortes reales, mientras la infraestructura, la formación de atletas y los apoyos especializados siguen siendo insuficientes. El talento mexicano aparece una y otra vez. Lo extraordinario es que siga apareciendo pese al abandono institucional.
Por eso sería un error reducir esta eliminación a un silbatazo. Hubo un árbitro desastroso. Hubo decisiones técnicas discutibles. Hubo futbolistas que, en el momento decisivo, no estuvieron a la altura. Pero también hubo un país que continúa creyendo que las hazañas deportivas nacen de la pura pasión, cuando en realidad se construyen durante años con inversión, disciplina y visión de Estado.
El “¿y si sí?” emocionó durante un rato. El “¿y si no?” terminó recordándonos que los milagros deportivos existen, pero los proyectos deportivos siguen siendo infinitamente más confiables. Y de eso no hay en México.
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Columna de Verónica Malo en SDP Noticias
Foto SDP-AP
clh
