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Viernes, 19 de Junio de 2026

La mueca y la sonrisa de oreja a oreja

La sonrisa amplia de Barack Obama y la visible mueca de disgusto de Donald Trump parecieron resumir mucho más que dos estados de ánimo. Mostraron dos formas distintas de relacionarse con el poder
Viernes, 19 de Junio de 2026 09:37
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Municipios Puebla

La sonrisa amplia de Barack Obama y la visible mueca de disgusto de Donald Trump parecieron resumir mucho más que dos estados de ánimo. Mostraron dos formas distintas de relacionarse con el poder. De un lado, la satisfacción serena de quien es convalidado por la gente como un líder respetado, con influencia vigente y un enorme capital sociopolítico construido a lo largo del tiempo. Del otro, la incomodidad de quien espera ser tratado como jefe indiscutible y percibe que el respeto protocolario no necesariamente equivale a admiración, reconocimiento o legitimidad.

Las imágenes resultan particularmente elocuentes. Mientras Obama aparecía sonriente en la inauguración del Centro Presidencial que lleva su nombre, rodeado por expresidentes, empresarios, académicos, líderes sociales, artistas y figuras de enorme relevancia pública, Trump era captado durante su participación en la reunión del G7 con gestos de evidente molestia, en una escena particularmente comentada durante su encuentro con Emmanuel Macron. Más allá de simpatías o antipatías personales, las fotografías parecían plantear una pregunta de fondo: ¿qué es más importante, ocupar el poder o conservar influencia cuando el poder ya no existe?

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Hay hombres que ocupan el poder. Hay hombres a quienes el poder termina ocupándolos. Y hay unos cuantos, muy pocos, que logran algo mucho más difícil: conservar influencia cuando el poder ya desapareció. La diferencia parece menor, pero en realidad allí se encuentra una de las grandes claves de la historia política. Porque el verdadero examen de un liderazgo no ocurre mientras se ejerce autoridad, sino cuando esa autoridad deja de existir.

Mientras un gobernante ocupa un cargo resulta extraordinariamente difícil distinguir entre respeto, conveniencia, admiración, temor, interés u oportunismo. Los aplausos abundan. Los aduladores abundan. Los beneficiarios abundan. Los oportunistas abundan. Siempre aparecen quienes encuentran genialidad en cada decisión, profundidad en cada discurso y virtudes extraordinarias en cada movimiento de quien concentra poder. El poderoso rara vez escucha silencio. Vive rodeado de ecos favorables. Y precisamente por ello muchos terminan creyendo que la admiración que reciben les pertenece personalmente cuando en realidad pertenece al cargo que ocupan.

La historia está llena de ejemplos. Faraones, emperadores, reyes, papas, generales, dictadores, presidentes y magnates llegaron a convencerse de que el poder era suyo. Todos terminaron descubriendo la misma verdad: el poder nunca pertenece completamente a quien lo ejerce. Es prestado. Se recibe durante algunos años, durante algunas décadas o, en ocasiones, durante toda una vida. Después pasa a otras manos. Lo único que realmente permanece es aquello que una persona fue capaz de construir mientras lo tuvo. Por eso la pregunta decisiva no es cuánto poder se posee, sino qué se hace con él.

Y por eso resulta tan revelador observar dos escenas que han coincidido en los últimos días. Por un lado, Donald Trump llega al G7 como presidente de los Estados Unidos, ocupando el cargo más poderoso del planeta. Las cámaras lo siguen, los mercados reaccionan a sus declaraciones, los gobiernos calculan sus movimientos y la prensa registra cada gesto. Algunas imágenes lo muestran molesto por cuestiones protocolarias, otras reflejan una constante necesidad de reafirmar liderazgo, de recordar quién manda, de subrayar quién es el jefe. Incluso hubo momentos en los que el propio gesto parecía transmitir esa insistencia. No hay nada particularmente extraño en ello. Así funciona el poder formal. Necesita exhibirse. Necesita ratificarse. Necesita ser reconocido constantemente porque sabe que es transitorio. Porque sabe que depende de circunstancias que pueden cambiar. Porque sabe que un día dejará de existir.

Por otro lado aparece Barack Obama. Sin cargo. Sin decretos. Sin presupuesto federal. Sin gabinete. Sin ejército. Sin facultades constitucionales. Sin capacidad formal para ordenar absolutamente nada. Y, sin embargo, alrededor del Centro Presidencial Obama se congregan expresidentes, empresarios, académicos, líderes sociales, activistas y algunas de las figuras culturales más importantes del mundo contemporáneo. Allí aparecen Bruce Springsteen, Bono, Stevie Wonder, John Legend, Eddie Vedder, Marc Anthony, Christina Aguilera y muchos otros referentes cuya presencia no puede explicarse por obediencia, interés burocrático o disciplina partidista. Ninguno necesita a Obama para existir. Ninguno depende de Obama para conservar relevancia. Ninguno obtiene un cargo por estar allí. Y sin embargo decidieron acudir.

Pero quizá el dato más significativo no sean los artistas. Lo verdaderamente relevante es la diversidad de quienes aparecen alrededor del proyecto. Empresarios. Filántropos. Académicos. Líderes comunitarios. Referentes culturales. Y también figuras vinculadas históricamente al poder republicano, comenzando por George W. Bush y Laura Bush. En tiempos de polarización extrema, la imagen posee una fuerza simbólica extraordinaria. Porque no estamos viendo simplemente a un expresidente demócrata rodeado de demócratas. Estamos viendo a sectores distintos, a veces enfrentados políticamente, coincidiendo alrededor de una figura cuya influencia parece trascender las fronteras partidistas. Eso ya no es militancia. Ya no es disciplina. Ya no es obediencia. Es reconocimiento.

Y allí aparece una verdad incómoda para muchos gobernantes: los cargos otorgan autoridad, pero la gente otorga poder. Los cargos pueden convertirte en presidente. Solo las personas pueden convertirte en líder. El poder no se sostiene por las oficinas, por los presupuestos ni por las escoltas. Se sostiene porque existen personas dispuestas a reconocerlo, legitimarlo y seguirlo. Sin esa relación, el cargo conserva facultades legales, pero pierde profundidad, pierde influencia, pierde capacidad de convocatoria y termina reduciéndose a una estructura administrativa.

Por eso, la comparación resulta inevitable. Mientras algunos líderes necesitan recordar constantemente que son los jefes, existen otros cuya autoridad ya no depende de recordatorios. Bruce Springsteen no sale cada mañana a proclamar que es “The Boss”. La gente lo llama así. No porque él lo exija, sino porque otros se lo reconocen. Algo parecido ocurre con ciertas figuras políticas. La autoridad proclamada y la autoridad reconocida no son lo mismo. La primera se anuncia. La segunda se concede. La primera depende del cargo. La segunda depende de las personas. La primera puede desaparecer con una elección. La segunda puede sobrevivir generaciones.

Naturalmente, Obama no es un santo ni un personaje inmune a la crítica. Sus políticas pueden discutirse. Sus decisiones pueden cuestionarse. Su administración puede ser evaluada favorable o desfavorablemente. Pero nada de eso modifica el hecho esencial que muestran las imágenes: años después de abandonar la Casa Blanca conserva una capacidad de convocatoria extraordinaria. Y esa capacidad no se explica por el cargo, porque el cargo ya no existe. Se explica por el capital político, social, cultural y moral acumulado a lo largo de décadas.

Y entonces surge la pregunta verdaderamente importante. No qué hará Trump con el enorme poder que hoy posee. La pregunta más interesante es qué hará Obama con el enorme poder que todavía conserva. Porque esa es la verdadera noticia. No el edificio. No la ceremonia. No el evento. Sino la existencia de una reserva de influencia capaz de reunir alrededor de una misma mesa a sectores que durante años ocuparon trincheras distintas. La historia enseña que cuando alguien logra acumular un capital de esa naturaleza enfrenta una decisión inevitable: administrarlo, desperdiciarlo o transformarlo en una institución capaz de sobrevivirle.

Allí se encuentra el verdadero examen. No del poder. De la influencia. Porque gobernar es difícil. Construir algo que siga funcionando cuando ya no gobiernas es infinitamente más difícil. George Washington dejó una presidencia y construyó una república. Abraham Lincoln dejó una idea de unión nacional. Nelson Mandela dejó una reconciliación. Jimmy Carter terminó ejerciendo más autoridad moral después de abandonar la Casa Blanca que durante buena parte de su estancia en ella. Juan Pablo II dejó una influencia espiritual global. Benedicto XVI dejó una lección de responsabilidad institucional. Francisco dejó preguntas morales que seguirán acompañando al mundo durante décadas. Todos perdieron el cargo. Ninguno perdió completamente la influencia.

Porque existe una diferencia enorme entre el poder que nace de una oficina y el poder que nace de una idea. El primero depende de estructuras. El segundo depende de confianza. El primero puede imponer obediencia. El segundo inspira adhesión. El primero tiene fecha de vencimiento. El segundo puede sobrevivir generaciones enteras.

Por eso, cuando desaparecen los reflectores, los protocolos, las conferencias, las caravanas, los discursos y los cargos, solo permanece aquello que logró transformarse en institución, credibilidad, ejemplo, influencia o legado. Todo lo demás era poder prestado. Y el poder prestado, tarde o temprano, siempre regresa a su dueño.

La historia no pregunta quién ocupó una oficina. Pregunta quién dejó huella. No pregunta quién parecía más poderoso. Pregunta quién siguió influyendo cuando el poder ya no estaba en sus manos.

Porque el poder impresiona. La autoridad ordena. La popularidad fluctúa. Pero la legitimidad que otorgan libremente las personas es otra cosa.

Es la única forma de poder capaz de sobrevivir al poder mismo.

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Columna de Salvador Cosio en SDP Noticias

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