
“Toda institución termina pareciéndose a la sociedad que pretende transformar”.
Albert O. Hirschman
“La integridad de una institución no se demuestra cuando todo sale bien, sino cuando decide qué hacer cuando algo sale mal”.
Reflexión propia
Hace unos días escribí que había algo profundamente extraño en los resultados del primer examen de admisión completamente en línea de la UNAM. No afirmé que hubiera fraude. Tampoco que existiera una conspiración. Dije algo mucho más modesto: que los datos disponibles hacían razonable formular preguntas y que la Universidad tenía la obligación de responderlas.
Algunos reaccionaron como suele hacerse en estos tiempos: si alguien formula una duda, entonces debe de estar atacando a la institución. Confundieron el cuestionamiento con el sabotaje. La estadística con la mala fe. El escepticismo con la deslealtad.
La propia UNAM acaba de demostrar que no era así.
La suspensión provisional de las inscripciones cambia por completo el escenario. No prueba que haya existido fraude. No invalida automáticamente los resultados. Tampoco convierte todas las sospechas en certezas. Lo que sí demuestra es que la Universidad llegó a la misma conclusión que muchos habían planteado desde el principio: antes de seguir adelante, es indispensable recuperar la certeza.
Y, a mi juicio, hizo lo correcto.
No porque detener un proceso de esta magnitud sea una buena noticia. Lo contrario. Es un fracaso institucional. Pero es un fracaso menos costoso que fingir que no existe ningún problema. Inscribir primero e investigar después habría sido mucho más irresponsable.
La UNAM entendió —aunque después de varios comunicados que transmitían tranquilidad y aseguraban que el proceso seguía su curso— que la legitimidad vale más que el calendario. Más vale tarde que nunca. Aunque, tratándose de un examen de admisión, siempre habría sido preferible llegar a tiempo.
Sin embargo, el verdadero problema no comenzó con la suspensión. Comenzó mucho antes.
Comenzó el día en que la Universidad decidió importar un modelo de evaluación diseñado para descansar, en buena medida, sobre el cumplimiento voluntario de las reglas.
Aquí conviene hacer una pausa.
No estoy diciendo que los mexicanos seamos deshonestos por naturaleza. Tampoco que todos los aspirantes hayan intentado hacer trampa. Sería una afirmación tan injusta como imposible de demostrar. Lo que sí sostengo es otra cosa: la UNAM apostó por un sistema que exigía un enorme capital de confianza social en un país donde el plagio académico, la venta de tareas, los acordeones, las filtraciones, los “favores”, las recomendaciones, las respuestas compartidas por WhatsApp y la permanente búsqueda del atajo forman parte de una realidad que nadie puede negar seriamente.
La Universidad creyó que bastaba con contratar inteligencia artificial. Lo que nunca contempló fue enfrentarse a una de las tecnologías más desarrolladas del país: la inteligencia natural aplicada a encontrar cómo darle la vuelta a cualquier regla.
Porque ningún algoritmo puede sustituir una cultura de integridad. Ningún software viene con un complemento llamado “honestidad.exe”. Lamentablemente, tampoco se descarga desde la nube.
La verdadera ingenuidad no fue tecnológica. Fue antropológica. La UNAM creyó que estaba poniendo a prueba a más de ciento cincuenta mil aspirantes. En realidad estaba poniendo a prueba al país.
Y, de paso, se estaba poniendo a prueba a sí misma.
Porque un examen de admisión no solamente selecciona estudiantes. También selecciona las debilidades de la institución que lo organiza. Y esas siempre terminan presentándose puntuales.
Ahora viene la parte realmente difícil.
Imaginemos que la comisión técnica concluye que todo estuvo en orden. La crisis comenzará a cerrarse.
Imaginemos otra posibilidad: que detecte irregularidades focalizadas y pueda identificar con precisión qué exámenes fueron afectados. Será doloroso, pero administrable.
Existe, sin embargo, un tercer escenario. El más delicado de todos. Que las evidencias no permitan distinguir con suficiente claridad quién obtuvo legítimamente su lugar y quién no.
Ese día comenzará el verdadero examen.
Ya no estará en juego únicamente el prestigio de la UNAM. Estará en juego la reacción de toda una sociedad. ¿Aceptarán repetir el examen quienes hoy aparecen como admitidos? ¿Aceptarían sus familias perder un lugar si se demuestra que el proceso debe rehacerse? ¿Prevalecerá la defensa del mérito o la defensa del resultado, cualquiera que este haya sido?
No tengo una respuesta para esto que pregunto. Pero sospecho que la Universidad tampoco.
Todos decimos creer en el mérito. El verdadero problema comienza cuando el mérito amenaza nuestro propio lugar… Durante décadas hemos dicho que queremos instituciones meritocráticas. En los discursos, el mérito siempre gana por goleada. En cuanto aparecen los resultados, solemos pedir tiempo extra, revisión del VAR y, si hace falta, cambiar las reglas del torneo.
Ahora que una institución intenta verificar precisamente eso, descubriremos si realmente creemos en esos principios… o solamente mientras el resultado nos favorece.
Mas encima hay un riesgo adicional que la UNAM no puede ignorar: Las crisis de legitimidad generan vacíos institucionales. Y los vacíos rara vez permanecen así. Siempre aparece alguien dispuesto a llenarlos. A veces con soluciones; con más frecuencia, con discursos.
En un país donde el poder ha descubierto que toda crisis puede convertirse en una oportunidad para ampliar su esfera de influencia, la UNAM haría bien en resolver este problema antes de que alguien más pretenda resolverlo por ella. Ese riesgo tampoco es menor.
Por eso la comisión técnica tiene una responsabilidad que trasciende el examen mismo. No solo debe decir qué ocurrió. Debe convencer y hacerlo rápido.
Hace unos días escribí que la duda había llegado a Ciudad Universitaria. Hoy creo que la duda ya salió de Ciudad Universitaria. Nos alcanzó a todos.
Porque quizá el examen nunca fue solamente para los aspirantes. También era para la UNAM. Y para todos nosotros.
Los aspirantes respondieron un cuestionario. La Universidad respondió una crisis. El país todavía está respondiendo una pregunta mucho más difícil. ¿De verdad queremos que gane el mérito… incluso cuando el mérito no nos favorece?
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Columna de Verónica Malo en SDP Noticias
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