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Lunes, 27 de Julio de 2026

Misoginia criminal de Diego contra Sheinbaum y el Tour como razón de Estado en México

Diego Fernández de Cevallos fue extremadamente despectivo con Claudia Sheinbaum. Su insulto va más allá de la crítica política y la libertad de expresión: es delito
Lunes, 27 de Julio de 2026 07:12
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Municipios Puebla

Es derecho de Diego Fernández de Cevallos defender a Ernesto Ruffo. Pasa —así sea mucho pasar— que por haber perdido influencia en la judicatura cuestione al Poder Judicial surgido de la reforma de la 4T. Lo inaceptable es su misoginia criminal: hablar de “la presidenta (con A de Arpía)”.

Eso va más allá de la crítica política, ya que el término, extremadamente despectivo, se ha utilizado en la historia casi de manera exclusiva para denigrar a las mujeres que los grupos de poder masculino han considerado cuestionables por cualquier motivo.

Premio… ¡por hacer su trabajo!

Diego ha abusado de la libertad de expresión. Califica como criminal —ya que es o debiera ser delito insultar tan vulgarmente a las mujeres—. Miserable tipejo.

El Tour de Francia y el Torito

La Selección no llegó lejos en la Copa del Mundo de la FIFA. Jugó bien y ganó cuatro partidos consecutivos, algo que México nunca había conseguido. Pero cayó —con dignidad, eso sí— frente a Inglaterra. Estuvimos cerca del empate y por eso convertimos la derrota en hazaña. Y en verdad lo fue, dada nuestra larga historia de frustraciones futbolísticas.

Pero el mejor momento de México en el Mundial no fue deportivo, sino diplomático. Millones de personas vieron a la presidenta Claudia Sheinbaum en el palco de honor de Nueva York, al lado de Donald Trump, quien personalmente la invitó. Compartían ese espacio con el primer ministro de Canadá, Mark Carney; el rey Felipe VI de España, y el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez.

Por fortuna, y por ignorancia supina del personaje, Javier Milei no estuvo presente para apestar el ambiente —que es exactamente lo que habría hecho: el tipo es tóxico—. Además de insalubre política e ideológicamente, el argentino resultó supersticioso: declinó asistir para no dar mala suerte a su selección. Y sí, fue tan buena la suerte que Milei le dio a su equipo que Argentina, como Rosita Alvírez, nomás un balazo —un solo gol de muerte— recibió.

Concluido el partido, Sheinbaum vivió un momento de enorme visibilidad internacional al entregar, al lado de Trump, el trofeo al mejor jugador del torneo, el español Rodri.

Todo eso estuvo bien, pero… Mientras el Mundial monopolizaba la atención, ocurría un hecho deportivo de una dimensión atlética muy superior.

En Barcelona arrancó el Tour de Francia. Durante tres semanas, a lo largo de 21 etapas, más de 3,000 kilómetros y alrededor de 50,000 metros de ascenso acumulado en las altas montañas de los Pirineos y los Alpes, un mexicano de apenas 22 años de edad, Isaac Torito del Toro, firmó una actuación histórica.

Ganó una etapa, peleó al tú por tú con los mejores escaladores del mundo, cumplió con creces su función de gregario al servicio del campeón Tadej Pogačar y, aun así, terminó tercero de la clasificación general. Por si fuera poco, conquistó el maillot blanco, el de mejor joven de la carrera.

Jamás un mexicano había llegado tan lejos en la competencia ciclista más importante del planeta. Y es aquí donde aparece una enorme injusticia.

Mientras el futbol concentra reflectores, recursos públicos, patrocinios y la atención casi devota de los gobiernos, una proeza deportiva más auténtica, de dimensión también global, pero muchísimo más exigente, pasó casi inadvertida. El Tour de Francia apenas ocupó transmisiones de bajo impacto en la televisión de paga y unas cuantas notas dispersas en la prensa.

Ojalá que el próximo Tour de Francia —en el que Del Toro probablemente ya competirá como líder de su equipo y como claro candidato al triunfo— pueda transmitirse por televisión abierta.

La abismal diferencia entre ambos deportes habla por sí sola:

Un futbolista recorre, en promedio, entre 10 y 12 kilómetros durante 90 minutos, con pausas constantes, cambios de jugadores y varios días de recuperación entre partidos.

En cambio, un ciclista en una Gran Vuelta enfrenta 21 jornadas de entre cinco y seis horas diarias de esfuerzo extremo, con solo dos días de descanso. Recorre miles de kilómetros y trepa desniveles acumulados equivalentes a escalar el Everest más de cinco veces. Todo ello bajo calor sofocante, lluvia, viento y a veces hasta frío y nieve en la montaña.

El futbol admite errores; el ciclismo castiga brutalmente los descuidos. Una caída a 70 kilómetros por hora puede provocar lesiones gravísimas. Sin embargo, si no hay una fractura que lo impida, el corredor normalmente continúa, porque abandonar significa dejar desprotegido al equipo. Pocos deportes llevan el cuerpo y la mente a un límite semejante.

En el caso de Isaac del Toro, el mérito es todavía mayor. Llegó al Tour no como jefe de filas, sino como gregario de Tadej Pogačar. Su misión era trabajar para el campeón, no disputar la clasificación general. Pese a ello, terminó tercero sin dejar nunca de cumplir su papel dentro del equipo. Son contadísimos los ciclistas en la historia que han logrado subir al podio de la carrera más importante del mundo en semejantes condiciones.

México ahora mismo obtiene buenos resultados en los Juegos Centroamericanos. Hay que felicitar a quienes representan al país; pero, digamos las cosas como son, este es el certamen internacional de menor exigencia dentro del ciclo olímpico —compuesto por Centroamericanos, Panamericanos, Campeonatos Mundiales y Juegos Olímpicos—.

Si México no aprende a valorar en su justa dimensión una actuación como la de Isaac del Toro, difícilmente despertará en las nuevas generaciones la aspiración de competir en la élite del alto rendimiento.

El futbol seguirá siendo el gran espectáculo de masas. Es comprensible que ningún gobernante quiera perder la oportunidad de asociarse con un juego tan popular. Pero sería deseable que el Estado mexicano comenzara a apreciar en la misma medida el verdadero mérito deportivo.

Isaac del Toro ya fue subcampeón del Giro de Italia y ahora es tercero en el Tour de Francia. Todo indica que muy pronto conquistará una de las tres Grandes Vueltas. Si eso ocurre, será durante el actual sexenio y estaremos ante el mayor logro deportivo del país en muchos años. Lo ya conseguido por el Torito es probablemente lo más importante, en términos atléticos, de lo que va de las dos administraciones de la 4T; de hecho, su tercer lugar en el Tour constituye una de las mayores hazañas individuales del deporte mexicano contemporáneo en muchos sexenios.

El Tour de Francia 2026, si se le interpreta correctamente, ya es una razón de Estado para México. No exagero: simplemente intento poner cada cosa en su verdadera dimensión.

 

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Columna de Federico Arreola en SDP Noticias

Foto Especial

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