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Jueves, 4 de Junio de 2026

Nadie me quiere, todos me odian: ¡es un complot!

Cuando toda crítica es una conspiración, toda discrepancia una traición y toda pregunta una agresión, la realidad deja de ser una fuente de información para convertirse en una enemiga más
Jueves, 4 de Junio de 2026 08:06
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Municipios Puebla

Durante años Donald Trump intentó proyectar la imagen del hombre más poderoso del planeta. El empresario exitoso. El negociador infalible. El líder indomable. El político capaz de doblegar adversarios, gobiernos, instituciones y hasta la propia realidad mediante una combinación de voluntad, estridencia y confrontación. Durante mucho tiempo la fórmula funcionó. Funcionó tan bien que millones llegaron a creer que cualquier revés era apenas un accidente temporal en la marcha de un personaje destinado a imponerse siempre. Pero algo empieza a cambiar. Y lo que emerge ya no es la imagen del hombre fuerte. Empieza a emerger la imagen de un personaje crecientemente agraviado, irritado y convencido de que el mundo entero conspira contra él.

Porque la lista no deja de crecer. Los medios conspiran. Los periodistas conspiran. Los jueces conspiran. Las universidades conspiran. Los artistas conspiran. Las instituciones culturales conspiran. Los organismos internacionales conspiran. Los aliados conspiran. Los críticos republicanos conspiran. Europa conspira. La OTAN conspira. Y cuando la lista de conspiradores alcanza semejantes dimensiones surge una pregunta inevitable: ¿realmente existe un complot tan gigantesco o simplemente alguien se volvió incapaz de aceptar la contradicción?

El comedido trato de EULa canción desesperada del caudillo

La escena más reciente resulta particularmente reveladora. Un periodista formula preguntas incómodas. Trump pierde la paciencia. Exige que le retiren el micrófono. Lo acusa de ser enemigo. Recurre nuevamente a una de sus expresiones favoritas: la prensa como enemiga del pueblo. Y ahí aparece una imagen inquietante. Los líderes fuertes responden preguntas difíciles. Los líderes inseguros atacan a quien las formula. Porque una pregunta incómoda representa algo que los temperamentos autoritarios suelen detestar profundamente: la obligación de rendir cuentas. Una democracia madura no se mide por la cantidad de aplausos que recibe un gobernante; se mide por su capacidad para soportar preguntas que preferiría no escuchar.

Pero algo parece estar cambiando. Trump ya no luce únicamente confrontado. Empieza a lucir irritado. Y existe una diferencia enorme entre ambas cosas. La confrontación puede transmitir fortaleza. La irritación suele transmitir desgaste. El político que antes parecía controlar el escenario empieza a proyectar la imagen de alguien que reacciona con creciente enojo frente a cualquier cuestionamiento, como si el verdadero problema ya no fueran las respuestas, sino las preguntas mismas.

Mientras tanto continúan acumulándose señales igualmente incómodas. Richard Gere aprovecha un escenario internacional en Oslo para advertir sobre lo que considera uno de los momentos más oscuros de la vida democrática estadounidense y habla de una democracia amenazada por monstruos que prosperan alimentándose del miedo, la polarización y el deterioro institucional. Robert De Niro endurece aún más su discurso. Bruce Springsteen insiste en denunciar lo que considera una degradación moral y democrática. Tom Morello insiste. Joan Baez insiste. Universidades insisten. Comunicadores insisten. Instituciones culturales insisten. Y la lista sigue creciendo.

Lo llamativo ya no es que existan críticos. Todos los presidentes los han tenido. Lo extraordinario empieza a ser la magnitud, diversidad e influencia de quienes critican. Actores. Escritores. Músicos. Académicos. Periodistas. Intelectuales. Líderes de opinión. Universidades. Organizaciones civiles. Figuras culturales. Instituciones históricas. Sectores que discrepan en innumerables asuntos pero que coinciden en uno: la preocupación por lo que Trump representa. Y mientras esa lista continúa ampliándose, resulta cada vez más difícil encontrar una corriente equivalente de respaldo dentro de los grandes espacios culturales, académicos e intelectuales de Occidente. No significa unanimidad. No significa ausencia total de simpatizantes. Significa algo quizá más revelador: aislamiento. Aislamiento político. Aislamiento cultural. Aislamiento simbólico.

Y entonces aparece Italia. Aparece la OTAN. Aparece Giorgia Meloni. Porque cuando Trump entra en conflicto con sus adversarios ideológicos no ocurre nada extraordinario. Pero cuando empiezan las tensiones con dirigentes que deberían encontrarse entre sus interlocutores más cercanos, la situación cambia. No estamos hablando de una figura progresista. Estamos hablando de una mandataria conservadora que durante años fue presentada como una de las voces europeas más próximas a Washington. Y sin embargo incluso ahí aparecen límites. Incluso ahí aparecen desacuerdos. Incluso ahí aparece resistencia.

Lo cual conduce nuevamente a la misma pregunta. Si los periodistas son enemigos, si los jueces son enemigos, si los artistas son enemigos, si las universidades son enemigas, si los aliados son problemáticos, si la OTAN es una carga, si Europa decepciona, si las instituciones estorban, si los medios mienten y si los críticos conspiran, entonces ¿quién queda?

Porque existe un punto en el que la lista de enemigos deja de reflejar fortaleza y empieza a reflejar fragilidad. Existe un punto en el que la confrontación deja de parecer liderazgo y empieza a parecer irritación. Existe un punto en el que la denuncia permanente de conspiraciones deja de parecer lucidez y empieza a parecer obsesión. Y existe un punto en el que el famoso “¡es un complot!” deja de explicar la realidad para convertirse en una coartada frente a ella.

La ironía resulta extraordinaria. Durante años Trump prometió combatir conspiraciones. Hoy parece necesitarlas. Porque cuando toda crítica es una conspiración, toda discrepancia una traición y toda pregunta una agresión, la realidad deja de ser una fuente de información para convertirse en una enemiga más. Y cuando los enemigos terminan estando por todas partes, cuando las preguntas se vuelven intolerables, cuando la crítica se convierte automáticamente en traición y cuando la discrepancia pasa a ser considerada una amenaza, la lista deja de describir al mundo y empieza a describir a quien la confecciona.

Ahí es donde la situación se vuelve especialmente delicada. No para la oposición. Para Trump. Porque los líderes pueden sobrevivir críticas. Pueden sobrevivir derrotas. Pueden sobrevivir escándalos. Pueden sobrevivir reveses judiciales. Lo que rara vez sobreviven intacto es la percepción de que han terminado peleando simultáneamente contra demasiados frentes. Y eso es exactamente lo que empieza a proyectar Trump: un personaje que durante años se presentó como el hombre fuerte capaz de dominar el escenario, pero que ahora parece cada vez más rodeado de cuestionamientos, límites, correcciones, rechazos y señales de desgaste político, cultural y moral.

No porque todos hayan cambiado.

Sino porque cada vez más personas parecen haber dejado de aceptar que toda discrepancia constituye una traición, que toda crítica es una conspiración y que toda pregunta representa una agresión.

Ahí aparece la ironía más cruel de todas.

Durante años Trump prometió derrotar a los enemigos de Estados Unidos.

Hoy da la impresión de dedicar buena parte de su tiempo a ampliar constantemente la definición de quién merece ser considerado enemigo.

Hasta el punto de que la lista empieza a parecerse peligrosamente a la de cualquiera que se atreva a contradecirlo.

Y cuando eso ocurre surge una sospecha tan incómoda como inevitable.

Que quizá el problema nunca fueron los periodistas.

Ni los jueces.

Ni los artistas.

Ni las universidades.

Ni los aliados.

Ni Europa.

Ni la OTAN.

Ni Meloni.

Ni Gere.

Ni De Niro.

Ni Springsteen.

Ni los medios.

Ni el supuesto complot.

Que el verdadero problema podría ser alguien incapaz de aceptar que el mundo no está obligado a quererlo, admirarlo o darle siempre la razón.

Porque una cosa es sentirse perseguido.

Y otra muy distinta terminar convencido de que cualquiera que no aplauda forma parte del mismo complot.

Y cuando eso ocurre, la conspiración deja de describir al mundo.

Empieza a describir a quien la imagina.

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Columna de Salvador Cosío en SDP Noticias

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