
No sé si lo será en esta edición de la Copa Mundial, pero tenga la certeza de que en las dos o tres siguientes sucederá.
Pero, vamos por partes.
La irresponsabilidad de BrugadaMéxico contra Inglaterra, gastronómicamente hablandoHoy, cuando el Estadio Ciudad de México reciba el partido entre México e Inglaterra —el último de esta Copa del Mundo que se jugará en territorio nacional—, decenas de millones de personas estarán frente a una pantalla. Permítame aprovechar esa atención para leer el Mundial con otros lentes: los de la geopolítica y la sociología, más que los del deporte.
La selección revelación del torneo fue eliminada apenas el viernes por la noche. Cabo Verde, un archipiélago de poco más de medio millón de habitantes y debutante absoluto en Mundiales, terminó la fase de grupos invicto tras empatar con España, Uruguay, y Arabia Saudita, y llevó a Argentina, el campeón vigente, hasta el minuto 111 de un tiempo extra que se definió por un autogol.
¿Cómo se explica que un país cuya plantilla completa vale menos que la cotización individual de algunos jugadores argentinos compita de tú a tú con las potencias? La respuesta tiene poco de milagro y mucho de estrategia. Cabo Verde registra una de las tasas de emigración más altas del mundo: hay más caboverdianos fuera del archipiélago que dentro.
Desde 2002, su federación convirtió esa aparente debilidad en su principal activo, al reclutar sistemáticamente a jugadores formados en Portugal, Francia, Holanda e incluso Irlanda. La diáspora, que en la mayoría de los análisis aparece como síntoma de fragilidad económica, se transformó en ventaja competitiva.
Hay ahí una metáfora que trasciende al futbol: en un mundo de talento móvil, los países pequeños que logran mantener el vínculo con sus emigrantes pueden convertir la globalización en palanca y no en amenaza.
El caso caboverdiano no es aislado. África llevó a este Mundial diez selecciones —cifra récord, favorecida por la ampliación del torneo a 48 equipos— y nueve de ellas superaron la fase de grupos; solo Túnez quedó fuera.
Nunca antes el continente había tenido un desempeño colectivo semejante. Marruecos eliminó a Holanda en penales y Egipto hizo lo propio con Australia; ambos siguen vivos en la fase de eliminación directa.
Ayer Marruecos se metió a los cuartos de final, eliminando contundentemente a uno de los tres anfitriones: Canadá.
Tampoco esto es casualidad. Marruecos decidió hace más de 15 años invertir en infraestructura futbolística de clase mundial como instrumento deliberado de ‘poder suave’, y llegar a las semifinales en Qatar 2022 fue el primer dividendo visible.
El patrón se repite en otros casos: peso demográfico creciente —África es el segundo continente más poblado del planeta—, formación de jugadores en las ligas europeas y una diáspora cada vez más dispuesta a representar a sus países de origen en lugar de a las potencias donde creció.
Conviene la cautela: una buena Copa no equivale a convergencia estructural, y el futbol africano arrastra todavía déficits institucionales y de financiamiento. Pero la dirección del cambio es inequívoca y, en geopolítica, las percepciones importan: un continente que compite y gana en el escaparate más visto del planeta modifica la imagen que el mundo tiene de él… y la que tiene de sí mismo.
Y eso nos deja algunas lecciones para el Tri.
México llega al partido de hoy con cuatro victorias y sin haber recibido un solo gol, algo inédito en su historia mundialista. Con el triunfo sobre Ecuador rompió, además, una sequía de 40 años sin ganar un partido de eliminación directa.
El dato sociológico más interesante no está en la cancha, sino en el lenguaje.
El “sí se puede” —una consigna de fe, casi de resignación esperanzada— está siendo desplazado por el “¿y si sí?”, una pregunta que ya no apela a la creencia, sino a la evidencia.
Las marcas la adoptaron de inmediato, señal inequívoca de que dejó de ser una frase de tribuna para volverse fenómeno cultural. Más de un millón de personas celebraron en el Ángel de la Independencia el pase a octavos, y los boletos para el juego de hoy llegaron a multiplicar por 50 su precio original.
¿Tiene esto efectos medibles? Los analistas de Banamex estiman que el Mundial aportará apenas 0.1 puntos porcentuales al PIB de 2026 —unos 2 mil millones de dólares—, pero anticipan que el avance del equipo se reflejará en los índices de confianza del consumidor que conoceremos en las próximas semanas. El efecto económico es modesto; el efecto anímico, mucho mayor.
La psicología social es clara: la euforia deportiva funciona como amortiguador temporal de las tensiones colectivas, no como solución. Las victorias liberan orgullo y sentido de pertenencia, pero no resuelven los problemas de fondo, y el propio impulso al consumo tiende a corregirse con mayor ahorro una vez pasado el torneo.
Y, sin embargo, sería un error despachar el fenómeno como pura espuma. Lo que puede permanecer no es la euforia, sino el cambio de narrativa: la experiencia de que los resultados pueden sustentar la expectativa en lugar de desmentirla sistemáticamente.
Los países, como las personas, actúan en función de la imagen que tienen de sí mismos.
Si México gana hoy, no cambiará su economía. Pero un país que se pregunta “¿y si sí?” mira sus propios desafíos de manera distinta que uno que se conforma con el consuelo del “jugamos como nunca”.
La respuesta empieza hoy, en el Coloso de Santa Úrsula.
¿Quieres mantenerte a tanto de todas las noticias hoy en Puebla, México y el mundo? ¡Explora más en nuestro portal ahora mismo!
Columna Coordenadas de Enrique Quintana en El Financiero
Foto El Financiero
clh
