
Sin el ánimo de ser aguafiestas en esta fiesta mundialista diré que nunca me ha gustado el futbol. Mi papá, que sí era aficionado, hizo miles de esfuerzos para convencerme de ver los partidos con él y siempre me negué.
No soportaba los gritos, los insultos que enfrentaban a los aficionados de un bando y de otro. Todo me parecía violento.
Ciro, ¿era necesario ofender a Rosa Icela? Y portadas mundialistasUna catarsis pasajeraPero llegas a la adolescencia y no falta quien te convenza. Los culpables fueron mis primas y primos con quienes fui a un partido en Veracruz y los recuerdos que tengo son increíblemente malos. La gente, pasada de alcohol, aventaba cerveza y otro líquido amarillo (imagínese lo peor). El calor era infernal. Llevaba dos días de asolearme en la playa y terminé esa misma noche en una sala de urgencias de un hospital por deshidratación.
No culpo al futbol por ese desastre personal, pero lo traigo a la mesa porque, de verdad, esa tarde veraniega comprobé que el futbol y yo tenemos diferencias irreconciliables.
Con el paso de los años noté, con mucha molestia, que además el balompié es machista, sexista y el colmo, como se demostró el pasado jueves, clasista.
Lo más grave es que este deporte puede convertirse en detonante o espacio de agresión contra las mujeres.
Según datos de la Red Nacional de Refugios, durante la celebración de partidos de futbol —ya sea locales, nacionales o como en este caso, mundiales— la violencia familiar aumenta hasta un 30 por ciento. Este incremento está relacionado con factores como la tensión emocional, el consumo excesivo de alcohol, frustración ante resultados desfavorables y la reproducción de patrones machistas que usan el deporte como pretexto para ejercer poder y control. Para muchas mujeres, un día de partido no significa diversión, sino miedo, aislamiento y riesgo de ser agredidas en su propio hogar.
Pero la violencia no se limita al ámbito doméstico. También está presente dentro del propio entorno futbolístico. Un estudio revela que el 80% de las mujeres vinculadas al futbol —ya sean jugadoras, árbitras, periodistas deportivas o simples aficionadas— han sido víctimas de violencia de género. Esta agresión adopta distintas formas: comentarios ofensivos, acoso verbal y digital, discriminación laboral, exclusión, amenazas e incluso violencia física. El futbol, históricamente construido como un espacio de hombres, sigue reproduciendo estereotipos que cuestionan la capacidad, el valor y el derecho de las mujeres a participar libremente en el deporte.
Gravísimo, sobre todo porque en México hay mujeres sobresalientes en el futbol femenil, incluso hay un equipo de futbol compuesto por mujeres invidentes que pueden dar la sorpresa en la Copa América si consiguen el apoyo para asistir.
No quiero que se crea que porque no me gusta el futbol todo lo veo mal, violento o abusivo. Para nada. Pero es innegable que se requieren campañas de sensibilización que separen la pasión por el futbol de la violencia para que los partidos sean un espacio donde todas las personas, sin importar su género, puedan disfrutar, participar y sentirse seguras.
El machismo no es parte esencial del futbol: es un lastre para la sociedad. Liberarse de él no significa perder su esencia, sino devolverle su verdadero sentido y ser un deporte donde no prevalezca la desigualdad, la violencia y la brecha de género.
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clh