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Sábado, 20 de Junio de 2026

Y sigue siendo el rey

El encuentro entre Sheinbaum y Felipe VI tiene un simbolismo que trasciende el protocolo. Representa el regreso de la diplomacia a un terreno más adulto
Sábado, 20 de Junio de 2026 06:18
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Municipios Puebla

“Las naciones no tienen amigos permanentes ni enemigos permanentes. Solo tienen intereses permanentes”.

Lord Palmerston

Durante los últimos años nos han insistido en que la relación con España está atrapada en 1521. Que el gran pendiente diplomático consiste en exigir disculpas históricas. Que la dignidad nacional depende de que Madrid revise el expediente de la Conquista. Y, sin embargo, el próximo jueves el rey Felipe VI cruzará el Atlántico, entrará a Palacio Nacional, se reunirá con la presidenta Claudia Sheinbaum y al día siguiente irá a Guadalajara a ver jugar a la Roja frente a Uruguay. Es decir: seguirá siendo el rey.

La ironía es magnífica. El jefe del Estado español será recibido precisamente en un edificio cuya historia es un resumen de todos los mestizajes, contradicciones y acomodos en México que tanto incomodan al nacionalismo simplificador. Palacio Nacional se levanta sobre las antiguas casas de Moctezuma; fue impulsado por Hernán Cortés, terminó convertido en residencia de virreyes y después en sede del poder republicano. Si los muros hablaran, probablemente se reirían de nuestras discusiones binarias sobre vencedores y vencidos; del estás conmigo o contra mí.

Tal vez la presidenta Sheinbaum le enseñe los murales de Diego Rivera. Son un extraordinario recorrido de la historia mexicana, aunque también constituyen un recordatorio incómodo de que México es hijo de muchas capas históricas, no de una sola narrativa oficial y mucho menos de un relato construido únicamente sobre agravios.

Esto lo digo porque ella ya adelantó que hablará con Felipe VI sobre los pueblos originarios.

Y está en su derecho. Son parte esencial de la historia nacional y continúan siendo una deuda pendiente de cualquier gobierno mexicano. Lo interesante será observar si la conversación se queda en el terreno de la evocación histórica o si se desplaza hacia algo más útil: la cooperación educativa—sí, EDUCATIVA—, la inversión y el fortalecimiento de los vínculos bilaterales. Porque los Estados serios no viven exclusivamente de la memoria. También viven del porvenir. ¿¿O no??

España es uno de los principales inversionistas extranjeros en México. Miles de empleos dependen de empresas españolas; decenas de universidades mantienen programas de intercambio; existen importantes espacios de cooperación científica, tecnológica y cultural. En una economía internacional desacelerada y en medio de una revolución tecnológica que está transformando el mercado laboral, la pregunta relevante no es qué ocurrió hace quinientos años, sino qué puede construirse en los próximos veinte o treinta.

Las relaciones internacionales tienen algo de cruel: obligan a la realidad. La retórica puede durar un sexenio; los intereses nacionales permanecen y permanecen y permanecen.

Por eso, el encuentro entre Sheinbaum y Felipe VI tiene un simbolismo que trasciende el protocolo. Representa el regreso de la diplomacia a un terreno más… adulto. Después de años de desencuentros, desaires y declaraciones altisonantes bastante infantiles (esa es la verdad), ambos gobiernos parecen entender que dos países unidos por la lengua, por la cultura y por una intensa relación económica ganan más conversando que intercambiando reproches.

Además hay otro detalle particularmente revelador. Felipe VI no llega como un monarca en busca de absolución histórica ni como un visitante obligado a desfilar por un ritual de arrepentimiento. Viene como jefe de Estado de un país con el que México mantiene intereses muy concretos. El protagonista real de esta visita, además de la Selección española, no es Felipe VI ni la Conquista, sino el choque entre la política de los agravios y la terquedad de los intereses nacionales. O puesto de otra manera: el rey no viene a pedir perdón; viene porque los Estados, a diferencia de las consignas, tienen intereses permanentes.

La política exterior, cuando se ejerce con seriedad, consiste precisamente en eso: administrar intereses, no emociones ni discursos demagógicos.

Paradójicamente, quien más se beneficia de este encuentro es el propio gobierno mexicano. Necesita inversión, necesita confianza y necesita transmitir la imagen de un país capaz de relacionarse con todos los actores relevantes del mundo sin convertir cada reunión en una sesión de terapia histórica.

Hay momentos en los que los gobiernos, en este caso el de la 4T, deben decidir si quieren administrar resentimientos o construir oportunidades. Este parece ser uno de ellos.

Ojalá prevalezca la segunda opción y a Palacio Nacional no se le salga una frase hiriente. Aunque lo dudo.

Después de todo, al final de la visita, cuando terminen las fotografías oficiales, cuando el rey vuele a Guadalajara y cuando la discusión pública vuelva a ocuparse de cualquier otra polémica pasajera, quedará una conclusión imposible de ignorar: la historia importa. La memoria también. Pero la diplomacia, para ser útil, tiene que servirle al futuro.

Giros de la Perinola

(1) ¿Cómo viaja Felipe VI de Madrid a México? ¿Línea comercial? ¿Avión militar o de Estado? ¿Alquiler de vuelo privado? Después de todo, él sigue siendo un rey.

(2) ¿Lo acompañará la reina Leticia? ¿Volverá ella, después de tantos años, a Jalisco? ¿Los deleitará el grupo Maná?

Mera curiosidad.

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Columna de Verónica Malo en SDP Noticias

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