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Domingo, 26 de Julio de 2026

El problema no es Trump, es EU

El verdadero cambio no está en Donald Trump, sino en la forma en que Estados Unidos ha comenzado a redefinir su estrategia económica y su relación con el resto del mundo
Domingo, 26 de Julio de 2026 09:32
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Municipios Puebla

El jueves pasado, en cuestión de horas, quedó exhibida la nueva lógica comercial de Estados Unidos.

Expiraba el arancel general de 10 por ciento que sustituyó al que la Suprema Corte había declarado ilegal y, sin dejar pasar un día, el gobierno de Donald Trump lo reemplazó con otro: un gravamen de al menos 10 por ciento a unos 60 socios comerciales —México incluido— fundamentado ahora en supuestas fallas para prevenir el comercio con países que emplean el trabajo forzoso en las cadenas de suministro.

Todo esto ocurrió mientras en la Ciudad de México se desarrollaba la tercera ronda de revisión del T-MEC.

Cayó un instrumento legal y en horas apareció otro, porque lo permanente no es un arancel específico. Es la estrategia.

Los aranceles no son la historia. Son apenas el síntoma de una transformación mucho más profunda. El verdadero cambio no está en Donald Trump, sino en la forma en que Estados Unidos ha comenzado a redefinir su estrategia económica y su relación con el resto del mundo.

Y ésa es una noticia que México no puede darse el lujo de malinterpretar.

Durante casi ocho décadas, Estados Unidos fue el principal arquitecto del orden económico internacional. Impulsó el GATT, promovió la creación de la Organización Mundial del Comercio y defendió la apertura de los mercados. No lo hizo por filantropía. Lo hizo porque ese sistema fortalecía simultáneamente a sus empresas, al dólar, a sus alianzas políticas y a su liderazgo global. El libre comercio no era un acto de generosidad. Era una estrategia de poder.

Mientras la apertura reforzaba la posición de Estados Unidos como primera potencia económica, no existía contradicción entre promover mercados abiertos y defender el interés nacional.

Pero los órdenes económicos también envejecen. La incorporación de China a la OMC aceleró el desplazamiento de capacidades manufactureras en dirección a Asia. La crisis financiera de 2008 debilitó la confianza de millones de estadounidenses en las élites económicas. La pandemia exhibió la vulnerabilidad de depender de cadenas globales de suministro para productos estratégicos. Y la competencia tecnológica con China terminó por convencer a Washington de que la eficiencia económica ya no bastaba para preservar su liderazgo.

No hubo un punto específico de ruptura. Hubo una acumulación de evidencias que terminó por modificar la manera de pensar de Washington.

Durante décadas, la pregunta fue cómo construir una economía mundial más eficiente. Hoy la pregunta que se hace el gobierno de EU es distinta: cómo fortalecer la economía estadounidense en un entorno de competencia estratégica. La diferencia parece sutil. En realidad, cambia casi todo.

El comercio dejó de ser un principio para convertirse en un instrumento. Si fortalece la capacidad industrial de Estados Unidos, se impulsa. Si incrementa una dependencia considerada riesgosa, se limita. Si acelera el desarrollo tecnológico, se subsidia. Si afecta la seguridad nacional, se restringe. El arancel del jueves es un ejemplo de manual: la política comercial puesta al servicio de objetivos que no son comerciales.

A esa lógica algunos la llaman ‘geoeconomía’: la subordinación de la política económica a objetivos estratégicos de largo plazo.

Vista desde esa perspectiva, la continuidad entre Trump y Joe Biden deja de ser una paradoja. Biden mantuvo los aranceles a China que heredó de su antecesor; destinó más de 50 mil millones de dólares a la industria de semiconductores mediante la Ley CHIPS y cientos de miles de millones adicionales a sectores considerados estratégicos; y fue su gobierno, no el de Trump, el que impuso en octubre de 2022 los controles de exportación de chips avanzados hacia China.

Con Trump, cambiaron el estilo, el lenguaje y las prioridades políticas internas. No cambió el sentido general de la estrategia.

Por eso el mayor riesgo para México no consiste únicamente en enfrentar un nuevo arancel o una negociación más difícil del T-MEC. El mayor riesgo consiste en seguir creyendo que nuestro principal socio comercial continúa siendo el mismo país que impulsó el TLCAN hace más de treinta años.

No lo es.

Durante tres décadas, México diseñó buena parte de su estrategia de desarrollo para integrarse a una economía estadounidense cuyo objetivo era hacer más eficiente la producción global. Esa lógica favoreció la integración de las cadenas de valor, la especialización manufacturera y el crecimiento exportador, al grado de que México cerró 2025 como el primer proveedor de Estados Unidos, con 15.7 por ciento de sus importaciones.

El nuevo Estados Unidos persigue algo diferente. Busca reconstruir capacidades industriales, asegurar el abastecimiento de insumos estratégicos, reducir dependencias críticas y preservar su liderazgo tecnológico frente a China.

Ya no evalúa a sus socios únicamente por los costos que ayudan a reducir, sino por las capacidades que aportan a una estrategia económica y de seguridad mucho más amplia.

La diferencia es enorme. Durante treinta años, México compitió ofreciendo menores costos, cercanía geográfica y acceso preferencial al mercado estadounidense. En los próximos treinta tendrá que competir ofreciendo algo mucho más complejo: talento, innovación, energía suficiente, infraestructura moderna, certidumbre jurídica, capacidades tecnológicas y una inserción cada vez más profunda en las industrias estratégicas de América del Norte.

Es un cambio de lógica antes que un cambio de política. Durante tres décadas discutimos cómo integrarnos mejor al mercado estadounidense. La discusión que viene será distinta: cómo convertirnos en un socio indispensable para la estrategia económica y tecnológica de Estados Unidos. Son dos proyectos profundamente diferentes. Mientras Washington ya actúa en función del segundo, buena parte del debate mexicano sigue anclado en el primero.

Este es, probablemente, el mayor desafío estratégico que enfrenta hoy el país.

No entender a Donald Trump.

Entender al nuevo Estados Unidos.

 

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Columna Coordenadas de Enrique Quintana en El Financiero

Foto Especial

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