
“La simulación ya no corresponde a un territorio, a una referencia o a una sustancia”.
Jean Baudrillard
“La imagología ha vencido a la ideología”.
Milan Kundera
Ganamos. O más bien dicho, ganó la selección mexicana. Dos goles, tres puntos y un Estadio Azteca lleno a reventar (87 mil almas). Sonó el Himno Nacional, retumbó el Cielito Lindo y por unas horas millones de mexicanos hicieron lo que mejor sabemos hacer cuando rueda un balón: olvidar diferencias y empujar hacia el mismo lado.
Pero mismo así, algo no cuadró...
No hablo solamente del futbol. Tampoco del hecho de que México tuvo enfrente a un rival disminuido y se conformó demasiado pronto con el resultado. Hablo de algo que ocurrió antes, mucho antes del silbatazo inicial.
Me refiero a la fotografía.
Lo pondré de esta manera: los Mundiales son muchas cosas. Son deporte, negocio, turismo, propaganda, identidad nacional y espectáculo. Sobre todo espectáculo. Pero también son un escaparate donde los países deciden cómo quieren presentarse ante el mundo. Y ahí surge una pregunta interesante: ¿qué quiso representar México en la inauguración de este torneo?
La imagen principal colocó junto al trofeo a Salma Hayek y a Gianni Infantino. Una actriz mundialmente reconocida y el presidente de la FIFA. Nadie discute los méritos de ella. Salma es probablemente una de las mexicanas más conocidas del planeta. Ha construido una carrera extraordinaria y lleva décadas siendo una embajadora cultural para México.
El asunto no es Salma. El asunto es el mensaje que se trasmitió con su presencia.
Una actriz representa fama. Representa éxito. Representa industria cultural. Representa espectáculo. Pero NO representa al Estado mexicano ni, lamento decirlo, a México y a su pueblo.
Los símbolos importan precisamente porque hablan cuando nadie está hablando. Dicen cosas incluso cuando no existe un discurso oficial. Son el lenguaje silencioso del poder.
Por eso resultó inevitable preguntarse dónde estaba la figura que constitucionalmente encarna a la nación mexicana. No la persona. No el partido. No la ideología. A la institución y a la población.
Durante décadas, los gobiernos han entendido que ciertos eventos trascienden a quienes ocupan temporalmente el poder. La inauguración de un Mundial es uno de ellos. Se trata de esos raros momentos en los que el país deja de verse a sí mismo y se proyecta hacia afuera. No es un concierto. No es una entrega de premios. No es una alfombra roja. Es un acto de representación nacional.
Quizá por eso la escena me produjo una sensación extraña. Como si México hubiera decidido presentarse ante el mundo más como una marca que como una nación. Más como un espectáculo que como un Estado. Y esa no es una diferencia menor.
¿Acaso vivimos una época en la que la política se ha vuelto entretenimiento y el entretenimiento pretende convertirse en política? Posiblemente. Por ello los gobernantes compiten por atención. Las celebridades opinan sobre asuntos públicos. Los algoritmos premian la popularidad por encima de la autoridad. Todo termina mezclándose en una misma licuadora de fama, poder y exposición mediática.
El evento de inauguración pareció reflejar exactamente eso. No fue una ceremonia que mostrara a México como una República. Fue una ceremonia que mostró al país como un producto cultural.
Tal vez era la intención… Quizá alguien concluyó que una estrella internacional generaría más titulares que cualquier representación institucional.
Y probablemente tuvieron razón… salvo por un pequeño detalle: los titulares duran horas. Los símbolos permanecen años.
Por eso, más allá del resultado en la cancha, queda la sensación de una oportunidad desaprovechada. Porque el Mundial siempre es una vitrina para mostrar quiénes somos. O, al menos, quiénes creemos ser. Y en esa vitrina apareció una celebridad global, apareció la FIFA, aparecieron patrocinadores, aparecieron luces, cámaras y espectáculo. México, en cambio, apareció difuso.
La selección ganó. Qué bueno. Pero si la inauguración pretendía decirle algo al mundo sobre nosotros, todavía no queda claro qué fue exactamente lo que se dijo.
Mientras la Secretaría de Gobernación busca averiguar quién trasladó a las madres buscadoras a sus manifestaciones a la capital, miles de familias siguen esperando que el Estado muestre el mismo interés por averiguar quién desapareció a sus hijos.
Curiosa escala de prioridades la de Rosa Icela Rodríguez...
La energía institucional parece concentrarse en investigar el transporte, no el crimen. El autobús, no la fosa. El traslado, no la desaparición.
Pero hay otra arista más en esto que subrayo: con la CNTE jamás existe semejante curiosidad. Tampoco con los grupos de presión que durante años han acompañado políticamente al obradorismo. Ahí nadie pregunta quién financia, quién organiza o quién moviliza. ¿Será que es Morena? (Pregunta ingenua).
Hay interrogantes que el poder formula con entusiasmo y otras que evita cuidadosamente. Y casi siempre ocurre por la misma razón: porque conoce demasiado bien las respuestas.
Y antes de que se me acuse de “vendida”, “simpatizante de la ultraderecha” y demás linduras, les digo: yo pago impuestos y tengo derecho a saber cuánto les ha pagado el gobierno federal estos dos sexenios a las lacras que conforman a la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación. Cuánto cobran las autoridades para hacerse de la vista gorda. Y cuánto, unos y otros, han destinado desde las elecciones federales y locales del 2018 en adelante, a la compra de votos.
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Columna de Verónica Malo en SDP Noticias
Foto Especial
clh