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Martes, 23 de Junio de 2026

Un banquero central que hizo historia

Su historia es también una lección sobre los límites del poder de cualquier banquero central, por más “Maestro” que se le llamara, y sobre la humildad que impone una economía que nunca termina de revelar todos sus secretos
Martes, 23 de Junio de 2026 10:47
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Pocas figuras del mundo financiero alcanzaron la estatura de Alan Greenspan, quien falleció ayer a los 100 años de edad.

Durante más de 18 años al frente de la Reserva Federal —el segundo periodo más largo en la historia del banco central estadounidense—, Greenspan se convirtió en algo insólito: una celebridad. Su nombre se seguía con la misma atención que el de un presidente, y bastaba un gesto suyo, una frase ambigua o un silencio calculado para mover los mercados de todo el planeta.

El fracasadoEl exembajador y AMLO

Nombrado por Ronald Reagan en 1987, Greenspan condujo la política monetaria de Estados Unidos bajo cuatro presidentes, de Reagan a George W. Bush. Apenas unas semanas después de asumir el cargo enfrentó el desplome bursátil del “lunes negro” de octubre de 1987, y su respuesta —inundar de liquidez al sistema— marcó el tono de toda su gestión.

Los años noventa fueron su época dorada. Presidió la llamada “Gran Moderación”: un periodo prolongado de crecimiento, baja inflación y desempleo a la baja.

Apostó a que el avance de la productividad asociado a la nueva economía permitiría mantener tasas bajas sin encender los precios, y acertó. El periodista Bob Woodward lo bautizó como “Maestro” en un libro con ese título que consagró su mística.

Su mayor virtud fue la lectura fina de los datos y la disposición a romper con la ortodoxia cuando los hechos lo justificaban. Mientras la doctrina tradicional pedía subir tasas ante cada caída del desempleo, Greenspan se atrevió a esperar, convencido de que la economía podía crecer más rápido sin disparar la inflación.

Quedó también para la historia su advertencia, en diciembre de 1996, sobre la “exuberancia irracional” de los mercados accionarios: una frase célebre que anticipó los excesos de la burbuja tecnológica.

Pero su legado quedó también marcado por la crisis financiera de 2008. Aunque el colapso estalló dos años después de su retiro, muchos atribuyeron sus raíces a las tasas bajas que mantuvo durante demasiado tiempo y a su fe doctrinaria en la capacidad de los mercados para autorregularse.

Greenspan había minimizado la existencia de una burbuja inmobiliaria de alcance nacional. Cuando todo se derrumbó, compareció ante el Congreso y reconoció estar en un “estado de incredulidad atónita”: había hallado una falla en el modelo ideológico con el que miró el mundo durante décadas.

Biógrafos como Sebastian Mallaby han matizado, sin embargo, la imagen del ideólogo ciego. Greenspan escuchó advertencias e incluso sopesó endurecer ciertas reglas, pero una y otra vez las rechazó ante su desconfianza a la regulación. Su doctrina podía resumirse en una premisa: no correspondía a la política monetaria ‘pinchar las burbujas’, sino limpiar los escombros cuando reventaban. La crisis de 2008 mostró lo costosa que podía resultar esa postura.

Greenspan cultivó, además, un lenguaje deliberadamente oscuro, bautizado como “Fedspeak”. Él mismo confesó que enredaba la sintaxis a propósito para no comprometerse con afirmaciones que pudieran sacudir a los mercados. Esa ambigüedad calculada era parte de su poder.

Su huella en México

Para México, el nombre de Greenspan está ligado a uno de los episodios más amargos de su historia económica reciente.

En 1994, la Fed inició un ciclo agresivo de alzas que llevó la tasa de referencia de 3 a 5.5 por ciento. Ese encarecimiento del dinero en Estados Unidos restó atractivo a los activos de los mercados emergentes y fue uno de los detonantes —junto con los desequilibrios internos y la sobrevaluación del peso— de la crisis de diciembre de aquel año, el llamado “efecto tequila”.

Pero Greenspan también formó parte de la solución. Junto con el secretario del Tesoro, Robert Rubin, defendió ante un Congreso reticente el paquete de rescate que, sumando recursos de Estados Unidos, el FMI y el Banco de Pagos Internacionales, rondó los 50 mil millones de dólares. Ese apoyo permitió a México evitar la moratoria, aunque no le ahorró una recesión severa.

Más allá de ese episodio, su doctrina moldeó la forma en que bancos centrales como el de México entendieron el valor de la credibilidad, la autonomía y el combate a la inflación como ancla de la estabilidad.

Greenspan deja una herencia de claroscuros. Fue venerado como pocos y, más tarde, severamente cuestionado. Su historia es también una lección sobre los límites del poder de cualquier banquero central, por más “Maestro” que se le llamara, y sobre la humildad que impone una economía que nunca termina de revelar todos sus secretos.

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Columna Coordenadas de Enrique Quintana en El Financiero

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