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Domingo, 12 de Julio de 2026

El calor extremo transforma el trabajo, el deporte y la vida en las ciudades

Las altas temperaturas obligan a establecer pausas de hidratación, modificar horarios laborales y deportivos, y crear espacios urbanos capaces de reducir la exposición al calor extremo.
Domingo, 12 de Julio de 2026 14:12
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Diego Juárez

Ginebra, Suiza.— El calor extremo dejó de ser un fenómeno limitado a determinadas temporadas y se convirtió en una amenaza capaz de modificar las condiciones de trabajo, la organización de competencias deportivas, la realización de eventos multitudinarios y la forma en que se diseñan las ciudades.

La ola de calor que afectó a Europa en junio de 2026 mostró la velocidad con la que están cambiando las condiciones climáticas. Durante ese mes, Europa occidental registró su junio más cálido, con una temperatura promedio de 20.74 grados Celsius, es decir, 3.05 grados por encima del periodo de referencia comprendido entre 1991 y 2020.

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Un análisis de World Weather Attribution concluyó que un episodio de esta intensidad habría sido prácticamente imposible en junio de 1976. En comparación con aquella década, las temperaturas habrían sido alrededor de 3.5 grados más bajas durante el día y 2.4 grados menores por la noche.

Los especialistas sostienen que el cambio climático no genera por sí solo cada ola de calor, pero sí aumenta considerablemente su intensidad, duración y probabilidad. Las emisiones de gases de efecto invernadero han elevado la temperatura media del planeta y han creado condiciones más favorables para episodios extremos.

La exposición prolongada representa un riesgo directo para la salud. Entre 2000 y 2019 se produjeron cerca de 489 mil muertes anuales relacionadas con el calor, aunque la cifra real podría ser mayor debido a que muchos fallecimientos son registrados como problemas cardiovasculares, respiratorios o renales.

El peligro aparece cuando el cuerpo recibe más calor del que puede liberar mediante la sudoración y el flujo sanguíneo hacia la piel. La combinación de altas temperaturas, humedad, radiación solar, falta de viento y actividad física intensa puede provocar deshidratación, agotamiento, desorientación y golpes de calor potencialmente mortales.

Las noches cálidas agravan la situación, pues impiden que el organismo se recupere antes de comenzar una nueva jornada. Las personas mayores, los menores de edad, las mujeres embarazadas, quienes padecen enfermedades crónicas y los trabajadores al aire libre se encuentran entre los grupos más vulnerables.

El impacto también se extiende al ámbito laboral. Sectores como la agricultura, la construcción, la pesca, el transporte, la recolección de residuos y los servicios de emergencia enfrentan una exposición directa, aunque el riesgo también existe en fábricas, almacenes, cocinas, minas e instalaciones con ventilación insuficiente.

La Organización Internacional del Trabajo calcula que 71% de la población trabajadora mundial estuvo expuesta a calor excesivo durante 2020. La proporción fue especialmente elevada en África, los Estados árabes y la región de Asia y el Pacífico.

La amenaza no se limita a los días declarados oficialmente como olas de calor. La mayoría de los trabajadores expuestos realiza sus labores fuera de esos episodios, mientras una proporción considerable de las lesiones laborales vinculadas con las altas temperaturas ocurre en jornadas que no reciben esa clasificación.

El calor reduce la concentración, aumenta la fatiga y disminuye la capacidad física. La productividad puede caer entre 2% y 3% por cada grado que supera los 20 grados Celsius, especialmente durante actividades que requieren un esfuerzo intenso.

Ante este escenario, empresas y gobiernos han comenzado a modificar horarios, adelantar jornadas, suspender actividades durante las horas más calurosas y establecer ciclos obligatorios de trabajo y descanso.

También resulta necesario proporcionar agua potable, habilitar zonas de sombra, mejorar la ventilación y ajustar la carga física. Los empleados deben recibir capacitación para identificar síntomas de agotamiento y actuar antes de que la temperatura corporal alcance niveles peligrosos.

Sin embargo, las normas laborales continúan siendo desiguales. En numerosos países, las regulaciones siguen siendo generales y no establecen límites específicos ni protocolos obligatorios frente al incremento del riesgo térmico.

El deporte enfrenta un desafío similar. La actividad física genera calor dentro del organismo y, cuando se combina con un ambiente cálido y húmedo, el cuerpo tiene mayores dificultades para mantener una temperatura segura.

Las condiciones extremas pueden reducir el rendimiento, alterar la capacidad de tomar decisiones y aumentar el riesgo de colapso. Por ello, competencias internacionales y eventos deportivos han comenzado a incorporar pausas de hidratación, cambios de horario y sistemas especiales de vigilancia.

Para la Copa Mundial de Futbol de 2026, la FIFA estableció descansos obligatorios de hidratación de tres minutos cerca del minuto 22 de cada tiempo, sin importar la temperatura exterior o si el estadio cuenta con techo.

Los atletas también necesitan periodos de aclimatación para adaptarse progresivamente a las condiciones del lugar. Este proceso puede requerir entre una y dos semanas de entrenamiento antes de participar en una competencia.

En pruebas de resistencia, como maratones, triatlones o carreras ciclistas, los organizadores pueden verse obligados a iniciar las actividades antes del amanecer o durante la noche. También deben instalar más estaciones de agua, hielo, sombra y atención médica.

La protección no debe concentrarse únicamente en los participantes. Espectadores, voluntarios, personal de seguridad, vendedores y trabajadores de montaje pueden permanecer expuestos durante varias horas sin preparación física ni acceso suficiente a zonas frescas.

Los eventos multitudinarios, como conciertos, festivales, peregrinaciones y campeonatos, también deben modificar sus protocolos. La concentración de miles de personas puede rebasar la disponibilidad de agua, sombra, transporte y servicios médicos.

La planificación requiere revisar los pronósticos, medir las condiciones en el lugar, instalar puntos gratuitos de hidratación y habilitar centros de enfriamiento. En casos extremos, puede ser necesario reducir la duración, limitar el acceso, cambiar el horario o cancelar la actividad.

Las ciudades concentran una parte importante del riesgo. El asfalto, el concreto, las superficies oscuras y la escasez de vegetación absorben calor durante el día y lo liberan lentamente por la noche, un fenómeno conocido como isla de calor urbana.

Los barrios con menores ingresos suelen enfrentar una exposición mayor, debido a que cuentan con menos árboles, parques, viviendas correctamente aisladas y recursos para pagar sistemas de aire acondicionado.

Un análisis realizado en cerca de 500 grandes ciudades encontró que la vegetación urbana puede reducir en promedio alrededor de 2.9 grados Celsius la temperatura de las superficies durante las temporadas cálidas.

Las estrategias de adaptación incluyen plantar árboles, ampliar parques y corredores verdes, instalar techos reflectantes, mejorar la ventilación de las viviendas y crear refugios climáticos accesibles para la población.

Los sistemas de alerta temprana también deben estar vinculados con hospitales, escuelas, transporte y servicios sociales. Informar sobre el riesgo no resulta suficiente si las personas no cuentan con espacios seguros para protegerse.

La hidratación es indispensable, pero no elimina por sí sola el peligro. Una persona puede sufrir un golpe de calor incluso después de beber agua si mantiene una actividad intensa bajo temperaturas y humedad elevadas.

Por ello, las recomendaciones deben combinar líquidos, descansos, sombra, reducción del esfuerzo físico y vigilancia médica. En actividades prolongadas, también debe evitarse el consumo excesivo de agua sin una reposición adecuada de electrolitos.

El aumento de las temperaturas obliga a replantear la vida cotidiana. Las jornadas laborales, las competencias deportivas y los eventos públicos ya no pueden organizarse únicamente con base en calendarios tradicionales, pues el riesgo térmico se ha convertido en un elemento central de seguridad.

Aunque existen herramientas para reducir el impacto, numerosas leyes, empresas y ciudades todavía no están preparadas. La adaptación requerirá inversiones, protocolos obligatorios y cambios en la infraestructura urbana.

Las recientes olas de calor muestran que condiciones consideradas excepcionales hace varias décadas comienzan a presentarse con mayor frecuencia. Frente a este panorama, proteger la salud dependerá tanto de reducir las emisiones como de transformar la manera en que las personas trabajan, compiten y habitan las ciudades.

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